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Yu Yu Hakusho y todos sus personajes son propiedad de Yoshihiro Togashi. No recibo ningún beneficio económico por escribir esta historia, pero si lees y me envías un comentario me daré por bien servida *__-
Little Fox
by janendra
email: janendra@hotmail.com
Dos años
El demonio observa detenidamente al chiquillo. Inseguro menea la cabeza.
—Es muy pequeño. Lo reventaré.
—¡Tonterías! Es más grandecito de lo que parece.
El ladrón palmea el hombro de Hiei. Le descubre la espalda, enseña orgulloso las huellas de la última paliza.
—¡Resistente! —dice el ladrón y le golpea la nuca. Hiei reprime el gruñido—. ¡Además es dócil, no encontraras otro así!
Hiei permanece quieto mientras los adultos hablan. Tiene la mirada fija en los otros tres chiquillos que el ladrón vende. Hiei finge no verlos pero está atento a los gestos obscenos que hacen, a las risas burlonas. El niño que más lo molesta tiene los ojos enrojecidos, parece que va a llorar, pero al mismo tiempo se ríe.
—Si lo reviento no pagaré más —refunfuña el demonio.
—Ya te dije que aguantara.
El tintineo de las monedas distrae a Hiei. El ladrón le da un fuerte tirón en el cabello, calladito, haz lo que te dicen, si no obedeces. La advertencia va acompañada de un golpe. Hiei no cambia su expresión indiferente. Acepta la mano que le ofrece el demonio. Es la primera vez que pagan por él.
—Si te portas bien te daré algo para ti —el acento dulce del demonio hace recelar a Hiei.
Los chiquillos dejan de burlarse, la promesa del regalo es nueva. Hiei ha visto la escena muchas veces, una breves palabras con el ladrón, dinero que cambia de manos, pero un regalo, eso no había pasado. El demonio tira de él con una suavidad que terminara cuando le quite la ropa.
El demonio y Hiei desaparecen en la espesura del bosque. Los chiquillos se sientan en el suelo, el niño de los ojos enrojecidos se echa a llorar. Los otros dos juegan a golpearse los hombros. La espera es larga...
¡Mira nada más, te jodió! ¡Me tomó el pelo, no pagó ni la mitad de lo que te hizo! ¡Mocoso idiota, te enseñaré a decir no!
Los chiquillos aguardan a que Hiei salga. Juegan en voz baja, hacer ruido cuando el ladrón está enojado es ganarse una paliza.
—¿Qué le habrá dado?
Se miran intrigados. Por temor a las burlas ninguno dice lo que piensa.
—Palo —dice el niño de los ojos enrojecidos. La broma es acogida con risitas silenciosas.
Hiei ignora las preguntas. Camina a paso lento hasta un hueco en el tronco de un árbol. Acalorado y estremecido se encoje sobre sí mismo. La huella de un intenso llanto es el único signo de lo que pasó. Sin darse cuenta Hiei mantiene el puño cerrado cerca del pecho.
—¿Qué te dio?
Los chiquillos lo cercan impacientes. Hiei mira los ojos enrojecidos de uno, la mirada avariciosa de los otros. El silencio se hace cuando muestra la golosina aplastada. Una manita veloz coge el dulce y los otros corren detrás de él.
—¡Es mío!
Kurama empuja la puerta con el cuerpo. El agua caliente se mece en la jofaina, pero no se derrama una gota. Kurama desvía la atención del agua, sus ojos chocan con la mirada sorprendida de Hiei, el desconcierto pasa de uno a otro. Con un movimiento rápido y torpe Hiei se cubre el pecho con la sábana. Se gira en la cama la herida que pretendía ocultar. Kurama frunce el ceño. El profundo surco de una garra sube por la cadera y termina a media espalda.
—Traje más agua —murmura Kurama.
Hiei maldice y se envuelve por completo en la sábana. Los bruscos movimientos de Hiei hacen que Yukina tiré la esponja.
—¡Lárgate! —gruñe Hiei.
Kurama disfruta el sonrojo del demonio, rara vez consiguió ruborizarlo así. Acomoda la jofaina en el velador.
—Gracias Kurama-san.
—¿Necesita algo más? —inquiere cordial.
Yukina niega con la cabeza. Kurama la ayuda a levantar los restos de algodón y tela ensangrentada. Hiei lo ignora, pero sigue sus movimientos. Mantiene el bulto negro cuidadosamente resguardado. Kurama mira con el rabillo del ojo la bolita inquieta que balbucea.
—¡No lo veas! —ruge Hiei.
—Kurama-san debe dejarnos solos —suspira Yukina y lo conduce a la puerta.
Afuera Kurama escucha la advertencia ahora dirigida a Yukina, no lo veas. Le consuela que sea la misma actitud, Hiei no le ha mostrado el bebé a nadie.
En la cocina se mantiene una charla incómoda. Kuwabara es quien más habla. Yuusuke, recargado contra el frigorífico, utiliza su amplio repertorio de monosílabos. Kurama no se siente con ánimos para tranquilizar a nadie.
—Prepararé té, —ofrece Kurama.
—Preferiría una cerveza, —gimotea Kuwabara.
—Que sean dos.
—¡Eh Yuusuke hasta que dices dos palabras juntas!
Yuusuke mira a Kurama. En el frigorífico no hay cerveza y tampoco tienen té. Es su día del súper. Yuusuke pasa por Kurama al trabajo, comen fuera, vagan en el centro de video o van al cine, hacen las compras. Por la noche hacen el amor. Pasan el fin de semana entre sábanas.
Kuwabara nota la tensión en el aire. Sobre una de la sillas está la gabardina de Kurama y encima la de Yuusuke. El zorro no necesita palabras, el gesto es claro. Kurama no quiere salir del apartamento, pero necesitan comida.
—Vamos.
Kurama pasa su mano por la espalda de Yuusuke, el cariñoso empujoncito que dice en silencio dos palabras: te amo.
ooOooOooOoo
—¡Te lo he dicho mil veces! ¡Por qué te cuesta tanto recordarlo!
Yuusuke lanza la caja de galletas al fondo de la alacena. Kurama rescata la poca paciencia que le queda, abre la caja, toma el platón de la mesa y lo llena con galletas de limón.
—Puedes pasar mañana y comprar las que te gustan.
—No, —Yuusuke esgrime la jarra con leche—. Mañana tengo trabajo y sabes que no dispongo de veinte minutos para ir al centro comercial.
—Iré yo.
La respuesta toma a Yuusuke desprevenido. Kurama no es de grandes discusiones, pero no cede con facilidad. Yuusuke se cruza de brazos, mira los panqués de chocolate que Kurama deja en la barra, listos para cuando Hiei quiera comerlos. Yuusuke siente deseos de lanzarle la jarra, pero jala aire, sirve un vaso y se lo bebe de un trago.
—El nene no vive sin sus galletitas de naranja —dice Kuwabara, bebe un sorbo de té y mira travieso a Yukina quien esconde una risa. Kurama pone el plato con galletas de limón sobre la mesa.
Yuusuke acribilla a Kuwabara con la mirada. Kurama sirve unos panqués y los acomoda en una charola.
—Pensé que estarías libre el fin de semana —dice Kurama—. Compré boletos para el juego.
Yuusuke su queda sin aliento, parpadea. Kurama pone un vaso con leche en la charola.
—Primera fila. ¿No merezco un beso?
Yuusuke sonríe, va a darle más que un beso, pero la charola se interpone en su camino. Bastardo, piensa Yuusuke, como puede tratarlo así cuando está pensando en Hiei.
—Voy a trabajar, —Yuusuke señala la charola—, ¿para Hiei?
—No ha querido comer —gruñe Kurama.
—Kurama-san, —interviene Yukina—, Hiei-dono dormirá un buen rato.
—Lo drogó —apunta Kuwabara.
—Le di algo para que descansara —corrige ella—. Está malherido y necesita descansar.
—Yukina ya lo vio —sonríe Kuwabara—, al bebé, es un youko.
Yuusuke empuja a Kurama. Se pone el mandil y friega los platos sucios. Kurama se aclara la garganta, deja la charola en la barra.
—Apenas alcancé a verlo, —Yukina se ruboriza—. Hiei-dono no quiso mostrármelo.
—¡Ese enano debería ser más amable contigo! —gruñe Kuwabara.
—¿Y la herida es grave? —inquiere Kurama.
—¿Qué hace el enano con un youkito? ¿Será pariente tuyo Kurama?
—Hiei lo tuvo —dice Yuusuke.
Ahora es Kurama quien se cruza de brazos.
—¿Cómo que lo tuvo?
—Lo parió ¿entiendes?
A Kuwabara le basta una mirada para darse cuenta que sólo él ignora lo que sucede. Odia sentirse así. Maldice por lo bajo. Confronta a Yukina que se alisa la falda del vestido.
—No me dijiste nada de eso.
—Hiei-dono no me lo dijo. Lo percibí.
Yuusuke arroja los platos enjabonados en el fregadero.
—No te sientas mal Yukina, —sisea—. A Kurama tampoco se lo dijo, él lo “olió”. Pero eso no es todo, ¡cuéntales Kurama!
—Basta Yuusuke.
Yuusuke le rodea los hombros. La mirada de Kurama es fría.
—Mi novio piensa que el bebé es suyo. No me mires así Kuwabara, tú sabes los demonios son distintos. Kurama está “casi” seguro de que es su hijo. ¿No te parece genial?
Kuwabara abre los ojos y la boca de forma desproporcionada
—No lo vi bien, —se disculpa Yukina.
—Oye Yuusuke ¿tú también tienes ese equipamiento? —inquiere Kuwabara todavía sorprendido, pero dispuesto a embromar.
—Idiota —Yuusuke enrojece y le lanza un puño de galletas.
—A mi hermana le encantará saberlo —ríe Kuwabara—, querrá traerle una chambrita echa por ella misma.
—No se lo dirás a nadie —dice Kurama con seriedad.
—No estoy segura de que sea un youko.
—Es un youko —dice Yuusuke.
—Estás muy seguro ¿no? —gruñe Kurama.
—Lo estoy viendo.
Kurama gira el rostro. Desde el umbral de la puerta un zorrito plateado con negro los mira curioso.
ooOooOooOoo