"Little Fox"   siguiente >>
Por Janendra    

 

Yu Yu Hakusho y todos sus personajes son propiedad de Yoshihiro Togashi. No recibo ningún beneficio económico por escribir esta historia, pero si lees y me envías un comentario me daré por bien servida *__-

 

Little fox

by Janendra 

email: janendra@hotmail.com

 

 

¿Hay alguna razón?

 

Es… extraño…

 

La lluvia cae sobre su rostro, entra en sus ojos, se desliza por línea clara de sus pómulos, se lleva la voz ilusionada de Kurama.

 

—Hiei, mi Hiei.

 

La música de la lluvia se mezcla con su nombre en la voz de Kurama. Una mano serpentea entre la ropa húmeda y la piel tibia de su vientre, la otra se cierra sobre su hombro, lo mantiene quieto contra el suelo, lo aprisiona. Kurama explora senderos demasiadas veces recorridos.

 

Cuando Hiei se mueve, la espalda tensa que describe un arco ante la invasión, el olor a tierra mojada cae como brisa desde su piel. El recuerdo de otros besos, de manos extrañas corriendo por sus muslos, de alientos exhalados contra su cuello, gruñidos sobre su espalda desnuda, no consiguen opacar los gemidos de Kurama, el dorado intenso de esos ojos que lo embriagan.

 

…es extraño… agradable…

 

ooooOooooOooooOoooo

 

Yuusuke se descubre el rostro, apoya la almohada contra el pecho.

 

—Kurama haz que se calle.

 

La frase es una suplica sin fuerza. Atrás quedaron las quejas imperiosas de las nueve de la noche, los gritos indignados de las once, las amenazas de la una. Los chillidos del zorrito no cesan. Lloriqueos apagados, apenas tolerables, que se convierten en agudos, y tortuosos chillidos. Yuusuke suspira. Relaja los hombros que vuelven a tensarse con otro lamento. Arrastra su cansancio hasta la habitación que era suya. En la amplia cama, recostado boca abajo, Hiei duerme el inalterable sueño de la medicina. El asustado zorrito gimotea, le lame las orejas a Hiei, lo empuja con el hocico. Arrodillado frente a la cama, con el rostro hundido entre las manos, Kurama dirige sus propias suplicas.

 

—No llores, tranquilo. Deja de llorar.

 

Yuusuke se rasca la cabeza, se dice que debería sentir lástima, pero los chillidos taladrando sus oídos lo vuelven inmune a la compasión. Se recarga sobre el marco de la puerta, se rasca la entrepierna.

 

—Ya no llores, basta. ¿Qué tienes? Ya, basta. ¿Qué puedo hacer?

 

—¿Qué crees, tonto? Déjate de idioteces y despierta a Hiei.

 

Kurama baja las manos. Observa la pose indolente de Yuusuke.

 

—Está herido, necesita descansar.

 

—Ahora tiene otras responsabilidades, que las atienda.

 

Kurama entrecierra los ojos, mira fijamente a su novio. El pequeño zorro se acurruca en la espalda de Hiei, extiende las patas y le mordisquea el pijama. Los lastimeros chillidos no cesan. Yuusuke desvía la mirada.

 

—La magia de Yukina precisa tiempo y Hiei necesita descanso.

 

—Como sea Kurama.

 

El zorrito tironea el pijama de Hiei. Los lloriqueos suben de tono, agudos, insoportables.

 

—¿Por qué llora tanto? —Kurama hunde el rostro en la cama.

 

—¡Y yo que sé! ¿Acaso tengo cara de enciclopedia andante? —Yuusuke se presiona la frente—. Debe estar asustado. Si fuera un perro le daría unos buenos azotes con un periódico.

 

—No te atrevas —gruñe Kurama.

 

—O lo dejaría meterse en mi cama, o le daría croquetas... —Yuusuke se golpea el rostro—, pero que brutos somos, seguro tiene hambre.

 

ooooOooooOooooOoooo

 

La parvada de pájaros vuela a su alrededor, parecen ansiosos por alejarse de los gritos. Hiei se esconde entre las ramas del árbol. El paraje se llena de silencio, sólo un momento antes de que los gritos corten el aire. Desenfunda la katana. Los gritos le aceleran el corazón, la sangre en sus venas corre furiosa. Es la voz de un niño.

 

Hiei recuerda sus propios gritos. Una mano que le cerró la boca, el ardiente dolor corriendo por su cuerpo. Desea detenerlo, pero no quiere acercarse, no puede.

 

—¿Dónde estás zorro?

 

Kurama, él lo ayudaría. Hiei mira atrás, es rápido, podría volver y traer a Yuusuke y al tonto de Kuwabara, quizá Kurama ya volvió al campamento. Pero no hay tiempo, debe acercarse, detenerlo. Otro grito y Hiei corre. No siente las ramas que se le encajan en la piel, sólo escucha los gritos, la angustia. Detenlo, que se acabe.

 

Los pies de Hiei se hunden en un charco de sangre. La espesura termina en un claro soleado, en un youko arrodillado junto al cuerpo de un adolescente.

 

—¡Youko!

 

Hiei empuña la katana. El youko se gira, detiene el ataque con su látigo de espinas.

 

ooooOooooOooooOoooo

 

—Yuusuke no creo que sea buena idea.

 

—Cállate y cárgalo.

 

—Esa es la mala idea… además no creo que se deje atrapar, los youkos somos desconfiados por naturaleza. Hazlo tú.

 

—Si Hiei me huele en su hijo me mata, tú tienes más probabilidades de sobrevivir. ¡Además es tu hijo cárgalo tú!

 

—Está bien lo intentaré. Ven pequeño, yo tengo un vaso con leche y tú tienes hambre.

 

—¡Que original eres! Sin duda serás un gran padre… me callo.

 

—¡Eh no me gruñas! Ven, quieto. Dije quieto. No estoy jugando, no corras… ¡quieto! ¡Otra vez no! ¡Basta, no llores!

 

—¡Si le gritas llora! Hazte aun lado animal... ven, bishito, bishito, bishito.

 

—¿Bishito?

 

—¡Uy perdón todopoderoso youko si conoces una técnica mejor aplícala! Funciona con los gatos.

 

—No es un gato.

 

—Se parece.

 

—No, no se parece.

 

—¡Lo tengo!.. ¡diablos!

 

—¡Idiota lo lanzaste contra la pared!

 

—¡Me mordió!.. mira, me sacó sangre, muerde con odio.

 

—Salió a Hiei.

 

—Búrlate desgraciado ya quisiera que te hubiera mordido a ti. Eso me saco por andar donde no me llaman.

 

—Yo te pedí ayuda.

 

—Cómo sea ¿sugerencias para sacarlo de debajo de la cama y no perder ningún dedo?.. ¿sugerencias que contengan alguna palabra?..

 

—Quizá…

 

—¿Sí?

 

—No estoy seguro, podría lastimarlo y… es que… se ve tan chiquito e indefenso.

 

—Kurama.

 

—Me transformaré en zorro y lo cogeré con el hocico.

 

—¿Por qué no se te ocurrió eso a las dos de la mañana?

 

ooooOooooOooooOoooo

 

—¿Kurama?

 

Hiei baja la katana. El imponente youko lo mira con un dejo de fastidio.

 

—¿Demonio no estabas de guardia?

 

—Que se cuiden solos, eres tú quien aprecia a los humanos. Si no fuera por ti ya habría puesto a Kuwabara bajo la tierra.

 

Kurama ríe alto y sarcástico. Ondea la cola que se azota contra su pierna como un látigo.

 

—No deberías ser desleal con tus compañeros, ellos confían en ti.

 

Detrás de Kurama el adolescente que Hiei confundió con un niño se ahoga con su propia sangre. El rostro impasible de Hiei se traga la conmoción que la escena le produce, el jovencito es un youko plateado. Hiei ladea la cabeza, el joven youko se impulsa con los brazos, tiene el rostro descarnado, los huesos de las piernas se doblan en ángulos grotescos. Hiei aparta la mirada, aprieta los puños.

 

—No intervengas demonio. 

 

El joven se retuerce, la sangre le brota de la boca. Youko Kurama se transforma, ante Hiei aparece el cuerpo humano de Kurama. Hiei observa los largos dedos que se introducen en el cabello de fuego, la mirada despectiva de los ojos apacibles. Kurama se inclina sobre el joven youko y le abre la garganta.

 

—Viejos asuntos demonio, cosas que no te incumben.

 

Hiei mira la sangre, los espasmos del cuerpo lacerado. Kurama se arrodilla, humedece un dedo en la sangre tibia y escribe sobre la piel del youko. Hiei observa hasta que Kurama lo gira. Los dedos todavía húmedos de sangre se cierran sobre su hombro.

 

—Volvamos o Yuusuke nos buscará por cielo mar y tierra —Kurama ríe con suavidad—. No debes abandonar la guardia Hiei, Kuwabara es parte importante del equipo.

 

Hiei mira atrás y Kurama le vuelve el rostro

 

ooooOooooOooooOoooo

 

—No fue tan difícil.

 

Kurama asiente, se recarga en Yuusuke que lo rodea por la espalda. Están sentados junto a la ventana de la habitación, cerca del velador donde Yuusuke extendió el arsenal de primeros auxilios. El zorrito, aprisionado en una toalla, lame con avidez los dedos de Kurama humedecidos con leche.

 

—También me mordió en la oreja, más arriba.

 

—Quien diría que el gran youko Kurama sería derrotado por un cachorrito, —Yuusuke se ríe mientras pone desinfectante en la herida.

 

—Muerde como el demonio que es —gruñe Kurama.

 

Kurama trata de acariciar las orejas aterciopeladas, pero el zorrito sacude la cabeza y le persigue los dedos a mordidas. . Kurama reconoce el brillo pícaro de Hiei en los ojos dorados, sonríe.

 

Haciendo acopio de paciencia youko Kurama tironea suavemente de la sábana. La esponjosa cola se agita inquieta.

 

Quita… esa… ¡sábana!

 

Hiei no suelta la única barrera que hay entre él y su apetecible cuerpo desnudo. Youko Kurama sonríe irónico

 

—No me digas que después de tantas cogidas te has vuelto tímido.

 

La traviesa expresión de Hiei lo enardece aún más. Le da un beso en la mejilla y recibe una bofetada.

 

—Ya no quiero más sexo.

 

Kurama entrecierra los ojos, ladea la boca inconforme.

 

—¿Por hoy? —mete una mano dentro de la sábana, acaricia con un dedo el muslo de Hiei, tiene la esperanza de una última sesión, pero recibe una patada.

 

—Por siempre, ya no quiero más sexo nunca. 

 

Kurama siente como si le hubieran tirado un balde de agua fría en la espalda. Pierde la sonrisa y la erección en un segundo, la cola se queda estática, las aterciopeladas orejas se doblan desanimadas.

 

—¿Por qué? —gimotea—. No lo hicimos tantas veces.

 

Hiei enarca una ceja y se cruza de brazos.

 

—Quizá me excedí un poco —el youko se pone serio.

 

—¡Te lo creíste zorro estúpido! —se ríe Hiei.

 

—¡Condenado demonio te enseñare a no provocarme!

 

—¡Ey espera, nooo! ¡Kurama!

 

La expresión de Kurama se torna seria. ¿Por qué viniste Hiei? ¿qué buscas de mí?

 

—Anoche no lloró, —Yuusuke rodea con los brazos el cuello de Kurama—, me pregunto si Hiei le dio de comer. No me imagino al enano cuidando un bebé.

 

—Yo no te imaginaba cocinando.

 

Yuusuke le jala el cabello. En la cama Hiei se vuelve y el pijama se mancha de rojo. El olor de la sangre alerta a Kurama, se levanta olvidándose del novio y del zorrito al que Yuusuke atrapa en el aire.

 

—¡Cuidado!

 

Kurama lo ignora. Su atención se centra en Hiei, en el lento sendero de sangre que se extiende por el pijama. Gira a Hiei boca abajo tantea entre las vendas. Hiei suspira en el pesado sueño.

 

—Mañana va a estar muy molesto —gruñe Yuusuke, el zorrito se revuelve y gimotea, no le gusta que se acerquen a Hiei.

 

Kurama levanta la venda. Toca los profundos senderos de la garra, pero el olor a sangre no proviene sólo de allí. Lo gira boca arriba, pasa un brazo por la espalda cuidando la herida. Sobre el vientre de Hiei hay una delicada línea que sangra. Yuusuke mira sorprendido.

 

—¿Y eso?

 

—Por aquí nació el bebé. Dame una venda, no creo que le mostrara esto a Yukina.

 

Yuusuke observa los cuidadosos movimientos de Kurama. El pelirrojo se saca una semilla del cabello, la hace germinar sobre su palma y extiende el jugo sobre la herida.

 

—Tiene poco tiempo. Una semana, quizá dos.

 

Yuusuke le alcanza otra venda. Se acomoda al zorrito que lloriquea con renovadas fuerzas…

 

—¿Y te regalan esto? ¿Se come?

 

Kurama asiente. Hiei toma un chocolate, lo olisquea y lo engulle de un bocado. Kurama ríe cuando Hiei escupe el chocolate envuelto papel dorado

 

—Hay que quitarle esto, déjame enseñarte, abre la boca. Se llaman chocolates.

 

La plácida expresión de Hiei hechiza a Kurama. Hiei desenvuelve un montón chocolates y los come con avidez.

 

—¿Y te dieron muchos?

 

—Muchos.

 

—¿Y me los vas a dar todos?

 

Kurama asiente. Un ligero toque de lujuria acentúa la amable sonrisa, conducir a la oveja, a Hiei, a su habitación es parte del plan.

 

—¿Y mañana también te van a dar?

 

—No Hiei, es sólo por este día. Le das chocolates a la persona que te gusta.

 

Hiei termina la caja y sigue con un enorme oso de chocolate blanco.

 

—Le gustas a mucha gente zorro —cuchichea entre una mordida de oreja y un pedazo de garra.

 

Kurama se sienta un poco más cerca, le roza el hombro.

 

—Pero a mí sólo me gusta una persona. Los demás no me importan.

 

—¿Y por qué aceptas sus regalos?

 

Kurama suspira fastidiado. Decapita al oso y se lo mete a Hiei en la boca.

 

—Sería descortés rechazarlo, pero no era eso de lo que deseaba hablar. Come otro chocolate.

 

Kurama saca un pequeño paquete de su saco y se lo ofrece a Hiei. El papel vuela en todas direcciones y Hiei se encuentra con un zorro de chocolate.

 

—Es mi regalo para ti.

 

Hiei se engulle el zorro en dos mordidas. Kurama parpadea.

 

—¿No quieres decirme nada?

 

—¡Tenía la panza rellena de fresa! 

 

Kurama sonríe incrédulo.

 

—Hiei ¿entiendes el significado de ese zorro?

 

—No, ¿me das otro?

 

—Demonio no tientes mi paciencia. Volveré a explicarlo, pon atención. Tú… verás… Hiei… —Kurama se cubre la boca con una mano.

 

—Zorro ¿por qué te pones rojo?

 

—No lo sé…  es que… tú… ¡ahhh no puedo decirlo! ¿Qué es esto? No puedo creerlo ¡Estoy nervioso! ¡esto no me había pasado nunca!

 

—¿Tienes más chocolates?

 

Son las cinco de la mañana. Yuusuke no ha conciliada el sueño. No puede sentirse tranquilo teniendo a Hiei en su casa. Por hacer algo cambia los canales de la televisión. Kurama sigue con Hiei.

 

—Estás enojado.

 

La voz de Kurama lo sobresalta, pero no lo demuestra, como respuesta alza los hombros. Kurama se sienta su lado, aún carga al zorrito. La televisión se detiene en una película erótica. Los senos descomunales de una rubia aparecen en primer cuadro, la cara agitada de un hombre, los jadeos acompasados.

 

—¿Hay alguna razón para que lo este?

 

—Dímelo tú, has estado irritable desde que Hiei llegó.

 

Yuusuke arde en furia. Siente deseos de comerse vivo a Hiei y su engendro. Mira la película: un policía toca la puerta y la rubia evade los argumentos con sexo oral.

 

—Lo dejé todo por ti Kurama.

 

El reproche flota en el aire. En la pantalla dos hombres penetran a la rubia, el rostro de muñeca se vuelve grotesco ante el dolor.

 

—Yo no te lo pedí Yuusuke, estás aquí por tu gusto.

 

Yuusuke baja la vista, aprieta el control. No esperaba esa respuesta.

 

—Te amo y tengo miedo de perderte. ¿Qué quiere Hiei?

 

—No lo sé.

 

—¿Qué va a pasar con nosotros?

 

Kurama rodea la cadera de Yuusuke con el brazo libre y le besa la frente. Yuusuke se aferra a él, su nariz roza con la del zorrito.

 

—Estoy contigo, no me interesa nadie más.

 

—Pero él tiene un hijo tuyo.

 

—Dejemos que Hiei nos aclare ese punto.

 

—¿Todavía lo amas?

 

—No… eso quedó atrás.

 

Yuusuke suspira. Los jadeos de la rubia dan paso al primer noticiero de la mañana.

 

Ayer por la noche el ministro…

 

—¿Estaban borrachos?

 

—Él sí.

 

—¿Por qué te engañas Yuusuke? —Kuwabara se mete las manos dentro de la gabardina, patea el suelo.

 

—Lo amo, no puedo evitarlo.

 

—¿Qué pasará cuando Hiei vuelva?

 

—No volverá, es demasiado orgulloso.

 

Kuwabara aprieta los puños. Tiene ganas de agarrar a Yuusuke por la cabeza y azotarlo contra la pared hasta que deje de decir sandeces.

 

—Quería una oportunidad ahora la tengo. Me amará con el tiempo.

 

—Que te coja no significa que te ame. Le calientas la cama y la verga ¿a qué hombre no le gusta?

 

—No es así, no sabes…

 

—Puede pasar que te ame, pero puedo que no —Kuwabara le pone las manos sobre los hombros, lo mira a los ojos—. Amigo te le estás al metiendo al zorro por la mala y lo que haces podría volverse contra ti.

 

—Eso no pasará, haré que él me ame.

 

Sólo ten cuidado o terminarás acostumbrándote a las migajas.

 

Y ahora los espectáculos. El cantante…

 

El ruido de la televisión adormece a Kurama. Yuusuke aprieta el abrazo entorno a su novio.

 

—Quiero que se vaya.

 

El rostro de Yuusuke queda a la altura del zorrito, los ojos dorados lo estudian detenidamente. Engendro dice Yuusuke en voz baja, y el zorrito le tira una mordida a la nariz.

 

—¡Kurama!

 

ooooOooooOooooOoooo

 

—Duerme… duerme…

 

El demonio se muerde los labios, una dolorosa marea le cimbra el cuerpo. Con los brazos rodea su voluminoso abdomen. Se mece, despacio, atrás y adelante, despacio. El sudor le corre por el rostro congestionado, gotas de sangre manchan sus labios.

 

—…duer…

 

Abre la boca para jalar aire, cierra los ojos, vuelve a morderse los labios, tiene la garganta seca, tose. Uno de sus pies toca el cuerpo frío del demonio muerto, se asusta, jala sus piernas, solloza. Inclina la cabeza sobre su vientre, el arrullo surge como un rumor cansado, áspero.

 

—…detrás de las nubes…

 

El amanecer toca con hilos de fuego al demonio muerto. La mano manchada de sangre destella con fulgores anaranjados. Las gotas carmesíes se vuelven iridiscentes. El rostro desencajado no mira más, el asesino le arrancó los ojos.

 

—…ha ido a esconderse… la luna… de plata…

 

Youko Kurama le arranca un brazo al demonio muerto. Presiona los dedos rígidos hacia atrás, los huesos se rompen con un sordo crujido, astillas blancas atraviesan la piel amoratada. El demonio embarazado solloza. Intenta romper el látigo de espinas que le apresa un tobillo, los pinchos aprietan el agarre, se le hunden en la piel lacerada.

 

—Nacerá hoy, puedo olerlo —dice el youko.

 

La mirada ansiosa estremece al demonio. Oculta su rostro de los ojos avariciosos. Los largos cabellos le cubren parte de la espalda, un brazo que protege el vientre. Se mece con vaivenes cortos, exhaustos.

 

—…duerme… duerme… detrás de las nubes…

 

—Lo mataré frente a tus ojos. Le arrancaré la cabeza apenas chillé.

 

—No te dejaré. No matarás a mi hijo.

 

—¿Vas a pelear? La resistencia me produce placer.

 

El demonio solloza. Otra contracción le tensa el rostro.

 

—Es tu hijo —lloriquea.

 

—Lo sé, por eso lo hago.

 

El youko se tiende en la hierba húmeda. Pozos de sol nacen de las hebras plateadas, fluyen por las líneas de su cuerpo, se estancan en las charcas de sangre coagulada. Pasa un brazo sobre el rostro para cubrirse los ojos. A sus oídos el llanto del demonio es un rumorcito de agua.

 

—Te daré una oportunidad —el youko se ríe.

 

El llanto del demonio cesa enseguida. Las espinas sueltan su tobillo. Una contracción lo hace doblarse sobre sí mismo. El youko sigue tendido, descansado.

 

El demonio evoca el lejano día en que vio aparecer al youko en la rojiza espesura del ocaso. Recuerda el olor a fuego tibio de su aldea, la mirada incrédula de su hermano, el eco de una risa nerviosa que podría ser suya. Con un sabor amargo las palabras de aquel día suenan en su cabeza: hermano mira sus orejas ¡es un youko! ¿Kurama? ¿El famoso ladrón?

 

El demonio se pone en pie con dificultad. Cierra los ojos para no ver el cadáver roto de su hermano.

 

—Corre —se burla el youko—, te daré ventaja.

 

ooooOooooOooooOoooo

 

—¡Les dije que no lo tocaran!

 

—¡En primer lugar tú y el engendro no deberían estar aquí!

 

—¡Yuusuke cuida tus palabras!

 

La tensión se esparce en la cocina con el aroma de la leche caliente. Kurama le sirve una taza a Hiei. Yuusuke se pasa los dedos sobre la vendita que le cubre la nariz. Hiei tiene en brazos un desnudo bebé youko que llora con suaves hipidos.

 

—¿No tiene frío? –pregunta Kurama.

 

—No tiene —gruñe Hiei, mordisquea un panqué de chocolate.

 

—Hay que comprarle ropa a ese bebé.

 

—Hnnn.

 

Kurama toma un puñado de hierbas y los arroja en un mortero. Observa de reojo a Hiei y al bebé. Le asombra la extraña confianza del zorrito para mostrarse en su forma más indefensa. 

 

—¿Qué miras? —gruñe Hiei enseñándole los colmillos. Yuusuke les dirige a ambos una mirada de hielo.

 

Kurama aparta la mirada. El ruido del mortero sobre las hierbas se confunde con los quejumbrosos balbuceos del bebé, Kurama sospecha que se está quejando con Hiei. Sonríe y regresa la mirada al bebé. Sin las orejitas de zorro sobre la cabeza, y la esponjosa cola plateada, pasaría por un bebé humano, un hermoso niño que heredo el color de sus ojos.

 

—Ten póntelo en la nariz.

 

Kurama le da a Yuusuke una cucharada con la mezcla de las hierbas y se sienta cerca de Hiei con el mortero. Hiei rodea con un brazo al bebé y lo aparta de Kurama. El bebé reacciona a la tensión en Hiei, deja de llorar y le echa los bracitos al cuello.

 

—¿Me dejas curarlo?

 

El bebé rodea con la cola el brazo de Hiei y se lleva un dedo a la boca. Las orejas inclinadas hacia Kurama, la mirada fija en Hiei.

 

—Yo puedo hacerlo.

 

Hiei alcanza el mortero, esparce un poco de la mezcla sobre un raspón en la pierna derecha y un morado en la mejilla. El bebé llora con una fuerza que sorprende a Kurama. Hiei se tensa, observa la bolita llorosa con el rostro desencajado. Con movimientos temerosos lo cerca su pecho, lo abraza. Kurama observa sorprendido.

 

—¡Ese niño! ¡Le pusieron un amplificador en los pulmones!

 

Hiei se levanta enfurecido y sonrojado. Kurama lo ve desaparecer con rumbo al cuarto. Yuusuke toma su gabardina.

 

—¡Llego tarde! —grita Yuusuke a manera de despedida.

 

Kurama observa el vaso de leche. Los primeros rayos de sol se cuelan por la ventana. Kurama se cubre el rostro con las manos. Desde la habitación le llega la voz de Hiei. Muerde sólo si es necesario, ¿entendido? Gorjeos divertidos y la risa de Hiei.