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Yu Yu Hakusho y todos sus personajes son propiedad de Yoshihiro Togashi. No recibo ningún beneficio económico por escribir esta historia, pero si lees y me envías un comentario me daré por bien servida *__-
Little fox
by Janendra
email: janendra@hotmail.com
4. Sabiduría
Dos años y aún dolía. Añoraba a Hiei cada día, a cada paso. Era el resuello que faltaba al final de las escaleras. La aspiración profunda que necesitaba antes de girar la llave.
Kurama se sienta, deja la charola con hamburguesas sobre la mesa. Se amarra el cabello en una coleta.
Maldijo el tiempo a la espera de que Hiei volviera.
Toma el refresco, cola y limón, cambia el vaso, soda de naranja, esa es suya. Yuusuke viste el uniforme cielo y bosque del restaurante, es el único al que le sienta bien.
—Con ajonjolí —dice Yuusuke, le tiende la hamburguesa. Kurama empieza con las papas—. Creí que te quedarías en casa.
Con él, es la parte de la oración que sin pronunciarse se entiende.
Las mañanas de invierno, cuando los diminutos copos pasaban por su ventana, tanteaba entras las mantas, en el lado derecho donde no había nada. Yuusuke dormía a su izquierda.
Muerde la hamburguesa. Abre un sobre de mostaza.
En las noches de crudo deseo buscaba un cuerpo pequeño y se topaba con el olor a leopardo de Yuusuke, fuego para consumirse y olvidar, al menos, por unos instantes. ¿Por qué no podía ser la vida como antes? Días de sol, cuando bastaba una sonrisa, una mentira, para obtener lo que deseaba. Un youko engañando a los humanos, cobijado en su apariencia, en sus modales. Lo obtenía todo sin dar demasiado a cambio.
—No quería estar allí —confiesa, en la intimidad que comparten puede ser débil sin vergüenza—. No sé que pensar.
No sé que sentir. Kurama ladea el rostro. La mañana es oro y burbujas de límpido azul. En otra mesa una chica convence a un niño de comer. Yuusuke tamborilea los dedos, le regocija que lo buscara pero no se siente tranquilo. Abre la boca, se pasa la mano por los labios y habla:
—No quiero vivir con él.
Yuusuke esquiva la mirada. Se frota la bandita sobre la nariz. Tuerce los labios. Lo pensó toda la mañana. Trapeó la loza refunfuñando. Frió las papas entre reclamaciones airadas. Discutió con el espejo de los baños y entendió, que sin importar su decisión, perderá a Kurama. No quiere vivir con Hiei, obligado a dormir en el sofá, a tocar la puerta de su habitación y tolerar la espera para entrar al baño. ¡Es su casa! Pero sabe que Kurama no lo dejará marcharse con un bebé en brazos.
Yuusuke se siente acorralado. No quiere dejarles el camino libre, pero tampoco va a ser humillado, no más de lo que él mismo se pisoteó.
Lo escuchó ir y venir toda la madrugada. Más de una vez se sintió tentado a levantarse y traerlo a la cama. No lo hizo. Se fingió dormido para no encarar el desprecio A media noche, después de quince días de ausencia, Kurama apareció en su cuerpo de youko. Le bastó verlo para entender: fue a buscar a Hiei y no lo encontró. Se alegró de que Kurama volviera solo, de la tristeza que le envejecía el rostro… y le alcanzó la dignidad para sentir lástima por sí mismo.
Conocía el dolor que atenazaba a Kurama. Después de hacer el amor permanecía despierto. Vagaba por el apartamento. Escudriñaba la noche… Sabía de las sonrisas falsas, de la luz que se extinguió en los ojos verdes y que ni siquiera Shiori era capaz de encender.
El youko lo empujó como si se tratara de un estorbo. Quince días de contarle mentiras a Shiori, de excusarlo en la escuela y el trabajo ¿y lo trataba así? Llevaba seis meses peleando a brazo partido con el fantasma de Hiei. Maldito demonio, ¡que el Makai se lo tragara! Sus pensamientos lo hicieron avergonzarse. ¿No debería desear que volviera? ¿No quería ver feliz a Kurama?
En un intento tan inútil como herido quiso brindarle consuelo. Lo abrazó. Los ojos dorados decían que era un pobre remedio, lo único a mano. Dejó que el youko ahogara el recuerdo en su cuerpo, en el amor que ofrecía por necesidad y Kurama tomaba por lástima. En la soledad de los cuerpos juntos el placer tuvo una breve existencia. En la madrugada, cuando yacían apartados, con el vacío asomado a las pupilas, intentó abrazarlo y el youko se apartó.
—No importa cuánto trates, no eres Hiei…
—Sé que no tiene a donde ir —Yuusuke se muerde los labios—, y no podemos rentarle un cuarto. Además el enano no podría vivir solo con un bebé.
—Cállate.
Kurama presiona un dedo contra los labios de Yuusuke. La mano baja y enlaza sus dedos con los de él.
Cambiar de mundo, confundirse piel a piel con los humanos, tantas ventajas. Tenía un amplio territorio, pocos enemigos que lo desafiaban y muchas víctimas para disfrutar. El placer al alcance de una sonrisa. Despreciaba a los humanos, eran débiles, ruines. Los usaba como se usaban ellos mismos. Amaba a su madre, pero sólo a ella. Conocer el amor no lo convirtió en amante de los ningen. Ni siquiera deseó amar a Hiei.
—No dejaré que lo nuestro se vea afectado. Lo prometo.
Yuusuke se sonroja. Una manada de grillos le brinca en el pecho. Su mirada se ilumina. Se lleva la hamburguesa a la boca. A Kurama el dolor se le endurece debajo de la sonrisa. Puede contar con los dedos de una mano las veces que Hiei le sonrió así y recuerda cada una como un hecho memorable.
—¿Qué haremos?
—Tú no harás nada, —Kurama palmea la mesa—, ven aquí.
Yuusuke empuja la charola, gatea sobre la mesa y se sienta frente a su novio. Kurama recarga la cabeza sobre sus piernas, suspira. Los dedos de Yuusuke se hunden en el cabello rojizo. Hiei no hacía esas cosas, las muestras de cariño no estaban en su repertorio.
—Lo arreglaré.
—Lo haremos juntos, para algo somos pareja.
Yuusuke se recarga sobre Kurama, le acaricia la espalda. Kurama se incorpora, lo besa.
—¿Qué pasó con el partido? Recuerdo algo como: no me moveré ni aunque se caiga el mundo.
Yuusuke niega divertido, atiborró la despensa de frituras, quedó con Kuwabara y advirtió que no se perdería el partido ni aunque se muriera su madre. Kurama meneaba la cabeza cada vez que lo oía hablar del juego.
—Compraste boletos —dice Yuusuke con una media sonrisa.
—Primera fila, ¡y tú vienes a trabajar! ¿Sabes cuánto costaron?
—Imagino.
—Hazme un favor, —Kurama saca los boletos de su camisa y se los pone en la mano—. Ve por Kuwabara y vayan al partido. Arreglaré las cosas.
La ausencia de Hiei le carcomió el pecho, hasta que un día se obligó a no mirar más por la ventana. La vida estaba dentro y él quería vivirla.
—¡Eh Yuusuke! —llama otro de los chicos bosque y cielo—, ¡tu turnooo!
Yuusuke besa los labios de Kurama, toma el resto de la hamburguesa y se bebe la soda de golpe. Corre hasta la entrada del restaurante, mira a su novio, sonríe. Se pregunta cuánto duraran las mentiras de Kurama. Baja el rostro, aprieta los puños, hay mentiras que se convirtieran en verdades.
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Hiei sube las piernas al alféizar de la ventana. Se mueve despacio, tan lento que no parece vivo. Tiene la mirada fija sobre la cara blanca del bebé, los labios describen un puchero, las pestañas chispean con gotas de sol. El pequeño youko duerme en su regazo. Las orejas puntiagudas y las cejas de plata se fruncen, Hiei se queda quieto, contiene el aliento. Con el mayor de los cuidados roza el entrecejo con un dedo y el bebé se relaja.
Hiei suspira en silencio, se recarga contra el cristal de la ventana. La luz del sol brilla dentro de sus párpados cerrados, le calienta el rostro, el pecho. Proveniente del baño el olor a agua caliente, a jabón, y a Kurama, flota en el aire. Le pesan los parpados, bosteza. No puede dormir, tiene que vigilar a su kitsune. Hunde el rostro en el cuerpo tibio. El bebé huele a dulce, a ese algodón de azúcar que le compró Kurama el día en que se separaron. También huele al remedio de hierbas, al calor del zorro. Hiei parpadea, sacude la cabeza. Las semanas en vela, el cansancio, pueden más que su voluntad.
Al despertar esa mañana lo leyó en la mirada del zorro, en su sonrisa, en el andar tranquilo de esos dedos por su cadera. Lo vio antes, muchas veces, cada vez con mayor frecuencia, pero fue hasta esa mañana cuando, sumergido en el agua de la tina, miró el espejo y vio el amor en sus propios ojos.
—Aprovechemos el día youkai.
Kurama deja la tina. Hiei ya no disfruta el agua. Siente que la cabeza le da vueltas. El corazón late con fuerza. Cada respiración duele. Quiere irse, mas sabe que sus piernas no se moverán.
—Lo olvidé, puedes vivir eternamente en la tina —bromea el zorro a su espalda.
Hiei lo mira en el espejo. Kurama tiene los brazos cruzados, el cabello rojo sobre los hombros. Sonríe. El amor se asoma en los ojos verdes, en los gestos.
—Youko —murmura y le hace falta el aire.
—Me alegra que te quedaras a dormir —Kurama se acomoda el cabello—. Bajaré a la cocina.
Hiei no sabe como sale de la tina. Anoche intentó irse al makai, dejar atrás a los ningen y sus tonterías. Estaba furioso, resuelto… la noche lo alcanzó sin que se decidiera a cruzar. Cayó una tormenta y él no pudo moverse. No quería irse. Regresó mojado y ansioso. El zorro lo cogió en brazos en cuanto puso un pie en la ventana. Lo riñó mientras lo desvestía y le frotaba el cuerpo con una toalla.
—Te dije que llovería. ¿Cuándo aprenderás a hacerme caso?
Hiei lo empujó.
—¡Zorro idiota!
Kurama lo besó.
—Mañana tengo el día libre, todo para nosotros.
Hiei se dejó secar. Maldijo la alegría que lo llenaba. Al zorro se le metió en la cabeza la idea de trabajar, iba de la escuela al trabajo. Hiei se lo tomó con calma los primeros días. A la semana no podía con la desazón, y el enojo, que le causaba la ausencia del zorro.
—Sé que te sentiste solo —Kurama le frotó el cabello—, pero tengo una buena razón y la sabrás mañana...
Cuando Hiei reacciona está parado frente al foso de los leones. Kurama le puso algo en la mano y cerró sus dedos. Desubicado alza el rostro, la sonrisa de Kurama lo hace estremecer. Aprieta la mano contra el pecho como hiciera muchos años atrás.
—¿Te sientes bien?
Kurama alza la mano para tocarle la frente. Hiei se encoge. Kurama suspira; Hiei necesita un respiro.
—Estás conmigo, yo no te dañaré.
Hiei le da la espalda. Se muerde el labio inferior que le tiembla. Jala aire. Separa el puño de su pecho. Abre los dedos, mira el chocolate aplastado. Se traga un sollozo. Se muerde la lengua hasta hacerse sangre confiando en que el dolor alejará el llanto. Se acerca a la baranda. Contempla a los leones. Lame el chocolate de su mano.
—Baka… kitsune…
Kurama apoya los brazos sobre la baranda. Observa de reojo a Hiei, todavía no es momento para abrazarlo. Vuelve el rostro al foso. Es media mañana y el sol crea tonos de fuego en la piel de los felinos.
—Quiero uno de esos —dice Hiei con la mirada fija en una leona. Separa con los dientes el chocolate aplastado, se lo traga y se lame la palma.
—No creo que sea posible, podrías tener un gato.
—No me gustan —gruñe—, quiero uno de esos. Tu madre no soporta a los gatos.
Kurama ríe, se lleva un mechón de cabello a los labios. Ve a los leones. Cuan feliz lo hará la sorpresa. Se acerca un paso, le rodea la cadera. Hiei se sobresalta, ojos enormes… la confianza llega como una marea perezosa. Hiei se acerca. Kurama le señala un cachorro tironeando la melena de su padre.
—Cerca del trabajo hay una tienda de mascotas. Tienen gatitos de ese color.
Hiei levanta una ceja.
—¿Y le vas cortar la lengua para que no maúlle?
Kurama se ríe, le besa los labios.
—Yo me haré cargo, si quieres un gatito lo tendrás.
—No quiero un estúpido gato. ¿Qué haré con él cuando me marche al makai?
Hiei se frota la boca con la mano, se aleja entre la gente. Los labios de Kurama se tensan. La sensación en su cuerpo es parecida a recibir un golpe, la onda de dolor corre por cada fibra y el sentimiento se estanca en su pecho. Necesita un par de minutos para apaciguar la furia y la profunda pena que le causa el rechazo. Hiei tiene un toque mágico para arruinar los momentos felices. Es difícil construir un castillo de arena cuando Hiei patea los cimientos.
Kurama se anuda el cabello en una coleta. Hiei mira una pantera dormida. Que le corten una mano si Hiei no desea un gato. Pero no puede pedir las cosas, le da miedo abrirse. Kurama suspira, que sepa las limitaciones del demonio no significa que las acepte. Le gustaría que fuera capaz de pedirle lo que quiere, de rechazarlo cuando no tiene ganas de sexo y sobre todo: desea oírlo decir te amo. La pesadez en el pecho se intensifica. A veces se cansa y no tiene ganas de luchar.
Hiei mira nervioso a los felinos. Las panteras, los tigres e incluso los greñudos leones le gustan, desde que Kurama lo llevó allí se sintió fascinado. Imagina el pelaje suave, como el cabello del zorro, como los vestidos de Yukina. De reojo mira a Kurama sentado en una banca. Se sostiene de la baranda y se mece.
Una vez tocó un gato, era de noche y el animal estaba afuera de una casa. Enorme, peludo y ronroneante. El montón de pelos se le acercó sin ningún temor, se restregó contra sus piernas y maulló. Hiei se sentó en el suelo, el gato se echó en su regazo y después de un rato de caricias se durmió. Le dieron ganas de llevárselo. Una mujer se asomó por la ventana de la casa, Tum Tum, minino, y el gato se fue.
Hiei deja de mecerse. Busca a Kurama y no lo encuentra. La vieja punzada, la misma que sentía de niño cuando alguien lo señalaba, ¿por ese cuánto?, le asalta el cuerpo. ¿Se enojó? Hiei se maldice, sigue el olor del zorro en el aire. Es su culpa, siempre encuentra la forma de molestarlo. Se limpia en el pantalón las palmas húmedas de sudor. Si las cosas entre ellos no funcionan es por él. Conforme camina la angustia se torna en ira. Él no quiere un gato, por qué el zorro le compra cosas. No le gustan lo obsequios, si le da algo tiene que pagarlo, así funciona. ¿Cuál es el precio de un gato?
El olor de Kurama va directo al baño de hombres. Hiei no se acerca. Al ver la puerta naranja y gris se le paralizan las piernas, allí aprendió que los días felices con el zorro no eran gratuitos. Cuando eran amigos era fácil, no se sentía presionado a complacer al zorro. No tenía que pagar quitándose la ropa. Hacerlo con él es agradable, pero cuando las cosas se ponen demasiado íntimas no le gustan.
Mírame Hiei, siente como te tomo.
Sacude la cabeza. Es mejor cuando lo pone a cuatro patas o lo empuja contra la pared. Cuando no pregunta.
¿Te gustó Hiei?
La primera vez que visitaron el zoológico, al final del día, Kurama lo llevó al baño. Lo empujó dentro de un cubículo y quiso hacerlo de frente.
No gimas Hiei o nos descubrirán. Mírame, soy yo quien te toma, siénteme.
Las palabras de Kurama lo devolvieron a los recuerdos. El deseo se tornó en un acuciante dolor, gimió bajito, hizo como si le gustara y su cuerpo reaccionó, como todas las veces que fue tocado sin desearlo.
Mientras el zorro se echaba agua en el pelo Hiei pensó en una noche tres semanas atrás. ¿Cuántos amantes? preguntó Kurama. Habría mentido si no supiera que era inútil engañarlo. Quería dejar esa historia atrás, era cosa del Makai, de una vida a la que no volvería. No tantos como tú. Kurama le ató las manos a la cabecera, lo tomó muchas veces, hasta que el placer se transformó en dolor. Ahora eres mío, nadie volverá a tocarte. Hiei lo maldijo entre gemidos.
Kurama era idiota ¿por qué desearía ser tocado por otro? Sólo él lo veía con esa emoción. Sin embargo… ¿qué diría Kurama si se enterara como sobrevivió al abandono? Hacía lo que pedían, incluso lo que evitaba con él porque le daba vergüenza o se sentía expuesto. Durante los años del calvario, cuando los demonios lo señalaban con el dedo y las monedas cambiaban de mano, se esforzaba en ser complaciente. Si el cliente se iba satisfecho no le pegaban.
—¿Ya te cansaste de mirar el pasto?
La voz saca a Hiei de los recuerdos. Kurama recuperó la calma, quiere darle la sorpresa y no permitirá que nada, incluido Hiei, lo arruine.
—El gato, tu mamá —dice Hiei en voz baja, deseoso de complacer al zorro y no encontrando la forma.
—Déjalo —le tiende la mano—. Vamos, es tarde y tengo tarea.
Kurama se adelanta. Hiei se mete las manos dentro de los bolsillos. A causa del dolor en el pecho respira por la boca. Otro premio a su torpeza. No quiere un gato, la mamá de Kurama los espanta a escobazos. A pesar de la congoja Hiei se da cuenta que no van por el camino habitual. No conoce esa parte del zoológico. Se mantiene alerta.
—Zorro idiota.
Hiei olfatea el aire, un aroma desconocido le hormiguea la piel. Se detiene. Caramelo y calor. Curioso sigue el aroma. Jirones de nubes pasan sobre su cabeza, Hiei las sigue con la mirada, ¡de allí viene el olor! Sonríe y se olvida de Kurama, de los ningen. Un hombre mueve un extraño aparato y enrolla pedazos de nubes en palitos de madera. Algunas se resisten a ser atrapadas y vuelan. Un grupo de niños brincan, las alcanzan y se las llevan a la boca.
Se están comiendo el cielo, se dice incrédulo, y parece delicioso. Otros ningen devoran las nubes amarradas a los palitos. Hiei ladea el rostro. Corre detrás de Kurama y lo arrastra hasta el ningen que captura el cielo.
—¿Pasa algo? —Kurama no opone resistencia, le divierte la decisión de Hiei.
—Quiero una.
Hiei señala los algodones de azúcar y el ningen le tiende uno. Kurama pregunta el precio y paga. Hiei lame desconfiado la bola azul. Hace un sonido extraño cuando el azúcar se derrite en su lengua.
—Son dulces.
Kurama sonríe. Hiei descubre que el azul se deshace cuando lo toca, frunce el ceño. Separa los dedos pegajosos, los chupa. Mira indeciso la nube ligera y arremete a mordiscos.
—…ei…
Hiei se resiste a abandonar la calidez del sueño. Se mece con la mano que lo sacude y gruñe. La risa de Yukina lo despierta, todavía adormilado bosteza. Mira a su hermana sin pensar en nada.
Yukina sonríe. Tiene los sentimientos mezclados en el seno. Es duro tenerlo al alcance de la mano y no poder tocarlo. Hiei mira alrededor y se levanta sobresaltado. Yukina adivina su inquietud.
—En la sala.
Hiei sale apresurado. Yukina lo sigue. A pesar de los gruñidos, y mordidas al aire, Hiei envuelve al zorrito en su manto. La bola peluda se vuelve un bebé. Pasa de las mordidas a indignados chillidos. Hiei le da una mira furtiva a su hermana.
Detrás de la sonrisa de Yukina hay un saber triste. La culpa de ser elegida. La opresión que provoca la ausencia de un hermano. Bajo el ceño fruncido de Hiei hay un conocimiento de amargura. La vergüenza de una vida miserable, que te aplasta como una lápida. Ambos saben de las noches, en que separados y solos, miraron el cielo y se añoraron. Conocen los suspiros por quien no está y te hace falta. El lazo entre gemelos, aún distintos, aún separados por la vida, no se rompe con la distancia.
Yukina observa a su hermano acercar el bulto al pecho. No escucha lo que le dice al bebé, mas lo siente. La ternura torpe de Hiei es hermosa. Yukina esperó mucho para sentir ese cariño, y no quiere añorar más. Sólo el podría entenderla. El llanto que no se permitía cuando lo extrañaba. El dolor enraizado que percibía en otro cuerpo. Otro que imaginaba idéntico, una replica exacta de su propio corazón.
Hiei permanece de pie en medio de la sala. Que no sepa como actuar frente a su hermana no es nuevo. Que ella lo guíe, tampoco. Yukina lo llama a la cocina.
—¿Tienes hambre? Traje comida.
En la estufa se calienta una hornilla con sopa. Yukina toma el cucharón y lo revuelve. El aroma a pollo y arroz se eleva con el vapor. Anoche, mientras la sopa se cocía, Kuwabara la tomó por el hombro y la invitó a sentarse a la mesa. Le sirvió una taza de té y bebieron en silencio. Había un tema importante que tratar.
Quien no conoce a Kuwabara puede juzgarlo un hombre torpe, de poco seso. Igual que ella es una mujer ingenua y vive en una felicidad eterna. Tonterías. Kuwabara leyó en ella lo que nadie notó, y ella descubrió al verdadero hombre detrás del pandillero. Hace un año que viven juntos. Ella trabaja como recepcionista en un consultorio dental, él trabaja y estudia. Tienen un minúsculo apartamento de dos habitaciones con cocina. Algunas veces terminan el mes a las justas, pero por las noches, cuando se tienen en el futón, pueden decir que son felices.
Yukina sonríe, le da una mirada a la sopa y apaga la estufa. Recorre con la mirada la cocina en perfecto orden. Yuusuke es un maniático del orden. “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”. Menea la cabeza, ¿será por que no encuentra su lugar al lado de Kurama?
Hiei se asoma a la cocina. El olor de comida caliente le inquieta el estómago. Extrañó su comida, aunque no tanto como a ella. Yukina da media vuelta, le sonríe, sirve un plato de la humeante sopa.
—Pensé que tendrías hambre y que necesitarías ayuda.
Hiei pasa la mirada de ella a la sopa. Yukina no se deja engañar, ella podría darle veneno y él lo tomaría. Mira los ojos escarlatas tan distintos a los suyos, hay algo diferente en ellos. Hiei toma asiento, se acomoda el bulto inquieto sobre el regazo. Toma la cuchara colocada al lado del plato, la hunde en la sopa, remueve el contenido. Yukina se sienta frente a él.
—¿Tú no comes?
—Te acompañaré con un plato. Pondré té, la tarde está fría.
En el agua de la tetera Yukina observa su reflejo. No se parece a Hiei. En los dos años que no se vieron ella cambió, ahora es alta, le llega al hombro a Kuwabara, y su cuerpo tomó las formas de una mujer. Sin embargo hay una similitud, un sentimiento compartido, que los hace iguales a los ojos de un observar atento, alguien como Kuwabara. Yukina regresa a la mesa.
—No quiero té.
—Te hará bien, Hiei-chan.
Ahora puede llamarlo así con todo derecho, es por mucho más alta que él. El sabor de la sopa le recuerda la conversación con su pareja. Su semblante se torna pensativo.
Hiei observa a hurtadillas a su hermana. Con el peso de las heridas y la ansiedad por el kitsune no tuvo cabeza para pensar. Yukina tiene el cabello sostenido en una coleta, Hiei no lo ha tocado pero lo imagina sedoso. Entre cucharas de sopa mira los parpados pintados de rosa, los labios que brillan. Siente el mismo malestar de cada encuentro. Tiene muchas cosas que ocultar, no podría decirle, no quiere. Baja el rostro y se topa con la carita alegre de su hijo. El kitsune chupetea la capa, los ojos dorados pasan del pecho a la cara de Hiei, se ríe revoloteando una mano que escapó de la prisión de tela.
Cuando esos ojos se posan en los suyos el dolor se diluye. La devoción que su hijo muestra es agua que lava su vergüenza. El amor de Kurama era distinto, lo hacía sentir inseguro. Era como caminar sobre un terreno fangoso. Dabas un paso pensado que era seguro y el barro te atrapaba. El pasado respiraba en su nuca, a la espera de que cometiera un error y Kurama lo viera tal cual era.
—Hnnn… tienes… ¿hambre? —pregunta a su hijo.
Las orejas se mueven hacía la voz, Hiei provoca en su hijo pura felicidad. El youko levanta las manos, balbuce. Yukina está fascina de lo inquieto y grande que es. ¿Podrá sobrevivir solo? Hiei se lleva una mano a la playera desvaída. Se descubre el pecho, la acción se queda a medio hacer. Nota la mirada de su hermana y el calor le quema el rostro. El bebé come de él, que ahora Yukina lo sepa, y casi lo viera, lo incomoda.
—Me di cuenta —sonríe Yukina—, cuando te curé.
Yukina se levanta, se acerca a Hiei, se inclina y le besa la frente. Hiei se queda quieto, la impresión no lo deja apartarse. Levanta los ojos rojizos y los aparta de golpe. ¿Qué significa ese gesto?
—Te prepararé el baño. Alcánzame cuando termines. No tardes demasiado, se enfriará el agua.
¿Qué es todo eso? se cuestiona atemorizado. Siente el impulso de huir. No puede hacerlo, ya no, el kitsune necesita la seguridad del ningenkai. Yukina se gira en la puerta. Su mirada es firme, ¿por que no habría de guiarlo también en ese camino?
—Somos hermanos Hiei y nos necesitamos.
—¡No!
La súplica está matizada de angustia. El cuerpo desnudo de Hiei se mece. Está a cuatro patas, en el suelo, detrás suyo Kurama le besa los muslos. Hiei boquea, angustiado. Kurama quiere lamerlo “allí”, sabe que lo intentará y que no podrá soportarlo.
—Por favor —gimotea.
No sólo la caricia lo tiene nervioso, es también el lugar. No hay forma de que se sienta tranquilo en un sitio desconocido. Después del zoológico, de los minutos de placer con la nube dulce, caminaron sin rumbo. Kurama lo llevó a la tienda de mascotas, vieron a los gatos. Luego fueron a comer hamburguesas. Hiei se confió, se olvidó del miedo persistente a que Kurama quisiera sexo. El zorro tenía ese don, lo hacía olvidarse del temor y cuando se creía a salvo, lo empujaba al sexo. Hiei se sentía furioso y desconsolado, pero accedía, la jaula ya tenía llave y él no podía abrirla. ¿Por qué Kurama le hacía eso? Hiei no tenía una respuesta.
—Tranquilo, demonio.
Kurama susurra, le besa la espalda y le restriega su sexo en las nalgas. Es un engaño, quiere que Hiei se confíe. No entiende por que Hiei se niega a esa caricia. Él hará que le guste.
—Ábrete las nalgas.
—Eso no —musita Hiei.
—Te joderé —le consuela Kurama.
Hiei sabe que miente, lleva las manos a sus nalgas y las abre dejando el ano expuesto. El sexo de Kurama se refriega contra la pequeña entrada, guía la cabeza de su sexo y esparce la humead contra la piel. Hiei pega el rostro al piso.
El lugar, al igual que Hiei, está desnudo. Es un apartamento reducido, soleado, es la sorpresa de Kurama.
Viviremos aquí, tú y yo, ya no tendrás que esconderte y te compraré un gato.
Hiei no dijo nada. Siguió al zorro por los cuartos vacíos. Su rostro no reveló emoción o disgusto.
Mi padre me dejó un dinero, mi madre lo guardó y yo decidí que ya era tiempo de usarlo. Ya compré los muebles, ¿para qué crees que trabajaba, tontito?
Hiei cierra los ojos. Se muerde los labios, los dedos de Kurama se frotan contra su ano. Kurama baja el rostro y lame. Hiei trata de soportarlo, jadea. A pesar de su miedo, de su negativa, siente placer; un gozo que lo asquea. Su cuerpo reacciona con una contracción, Hiei se odia. Kurama lo sostiene por la cadera, esta vez no lo dejará escapar. Hiei trata de soportar… sus manos se mueven solas, desesperadas apartan el agarre de Kurama. Se sienta en el suelo, tiene los ojos asustados. Observa el enojo de Kurama, desea golpear la pared hasta romperse las manos.
—Eso no.
Kurama se pasa las manos por el cabello. ¿Qué hacer con ese demonio? Pensó que por ser un momento especial se dejaría. Quiere inaugurar la casa haciendo el amor con Hiei.
—¿Por qué no quieres? Sé que te gusta, tu cuerpo me lo dice.
Hiei frunce el ceño. Se levanta y busca su ropa. Su cuerpo es un traidor y eso lo avergüenza, hace que sienta repulsión de sí mismo.
—Hiei, vamos.
Kurama está por perder la paciencia, busca su ropa, no tiene ganas de pelear, si Hiei no quiere es su problema. Cuando llegan a ese punto es imposible continuar. El silencio es el mejor golpe de Hiei. El ataque nulifica a Kurama, lo hace sentir como si no existiera.
—¿No quieres vivir conmigo? ¿es eso? —espeta.
Hiei se cierra las hebillas del cinturón, le tiemblan las manos. ¿Por qué tiene que arruinarlo cada vez? ¿Por que no puede cerrar la boca y aguantarse? Lo hacía con los clientes y no puede con Kurama. Es irónico. Kurama abre la puerta y Hiei lo alcanza, lo abraza por la espalda.
—Hagámoslo en tu casa.
Kurama suspira. ¿Cuánto más soportará?
—Esta será nuestra casa Hiei.
—La próxima vez aquí.
Hiei lo estrecha. No quiere ver el amor en los ojos verdes y no quiere que Kurama lo descubra en los suyos. El zorro le quitó lo único que tenía: su libertad. En sus brazos vuelve a ser un niño desvalido.
—Demonio estúpido.
Kurama lo recibe entre sus brazos. Ya se desquitará. Lo joderá hasta que llore. Más tarde, cuando Kurama lo lleve al orgasmo, Hiei pensará que el amor es la peor esclavitud. Pronunciará unas palabras y recuperará su soledad a base de mentiras.
No puedo amarte Kurama…