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Por Kea Langrey
PG-13 Romance
Yu Yu Hakusho
Capitulo Uno
Hiei miró por la ventana, permanecía sentado en el marco; la suave pero copiosa lluvia caía desde mediodía sobre las ahora intransitadas calles. En ocasiones alguna persona cruzaba corriendo por la calle, y uno que otro chiquillo pasaba brincando sobre los charcos de agua formados en la acera, reprimió un bufido, para él era una acción innecesaria el mojarse la ropa, además, no entendía porque a aquellos niños les causaba placer.
Giró su cabeza con un gesto de fastidio, nunca entendería aquellas manías que tenían los humanos, al perder de una forma tan miserable el tiempo. Recorrió con su mirada la habitación, no había algo que en realidad le interesara y además de él, no había nadie más. Suspiró. Esa mañana había llegado algo cansado después de una misión de la que si bien había salido airoso, ahora se encontraba extenuado.
El sonido de la puerta al ser abierta le produjo una ligera sensación de felicidad; no pudo reprimir que una leve y casi imperceptible sonrisa se formara en sus labios, desapareciendo casi al instante. Un chico alto de larga cabellera roja entró, una gran sonrisa iluminaba su rostro de suaves y delicadas facciones. Era una visión digna de admirarse. La forma en que los mechones rojos caían en su rostro le daban un aire etéreo de belleza inigualable.
Su ropa estaba ligeramente húmeda, al igual que su cabello. Cuando notó la presencia de su amigo en la habitación, sus hermosos ojos verdes adquirieron un brillo casi mágico y sus mejillas se colorearon ligeramente.
-Hola Hiei, –murmuró acercándose a la cómoda -¿llevas mucho tiempo esperando? –inquirió, tomo una toalla pequeña de color blanco y se secó un poco.
-No. –contestó
después de que el pelirrojo se sacara la chaqueta mojada, dejándola en el
respaldo de la silla que estaba frente al escritorio.
-Creo que mejor tomaré un baño. –y comenzó a sacarse la ropa mojada, lo había
hecho otras veces, después de todo Hiei y él eran compañeros... amigos quizá,
era algo que esperaba fuera así, pero nunca se había atrevido a preguntarle.
Hiei tuvo una sensación de calor que le nació en el estomago y subió hasta sus
mejillas, soltó un gruñido que hizo que el otro se girara a verlo, al no notar
nada diferente caminó a la puerta del baño y se introdujo en él, sin cerrar
completamente la puerta.
Aun no entendía que era aquello que lo obligaba, en cierta forma ir al mundo de los humanos cada vez que tenía tiempo libre; bien podría hacer miles de cosas en el makai, pero siempre que sus responsabilidades se lo permitían, y sin importar cuan lejos estuviese la entrada entre los mundos, siempre iba al ningenkai. Algo un tanto irónico si se tiene en consideración que odiaba a los humanos y todas las cosas estúpidas que estos hacían.
Claro, que había ciertas excepciones, Kurama era una de ellas. Pero el pelirrojo no era humano, una parte sí, pero también era un youko, un demonio como él, o por lo menos, lo más parecido a uno. Un compañero, alguien en quien confiar... porque finalmente, después de vivir en la incertidumbre, cuidándose a sí mismo de todo y todos, había llegado a confiar en Kurama y sentía cierta admiración y respeto por unos cuantos humanos. Se rió ante ese pensamiento, si alguien le hubiese dicho eso en el pasado, lo habría matado por decir tal sarta de idioteces.
Y, sin embargo, ahí estaba, en casa de un... ¿amigo?... era así como se llamaban los humanos, amigos, esperando que saliera de tomar su ducha. Ansioso por verlo, admirar su suave piel, ¿cómo no saberlo? Qué con solo tocarla podía sentirse la suavidad y una corriente eléctrica correr desde la punta de los dedos hasta su nuca, erizando su propia piel, oler el dulce aroma que emanaba de su cabello, flores silvestres de perfume sutil y embriagante, ojos hechizantes del color de las esmeraldas, tan brillantes que opacarían a las estrellas mismas. Todo en él le atraía de cierta forma. Lo admitía, pero jamás lo diría.
Lo sabía y cualquiera que observara su comportamiento y lo comparara con su antigua vida, lo notaría. Su hermana, aquella frágil muchacha de delicada figura, sedosa cabellera clara y enormes ojos enmarcados en una tupida capa de pestañas no era más su mayor debilidad; era parte de su vida, y haría lo que fuese por protegerla, pero ahora, su punto débil estaba bajo agua tibia. Negó con un gesto exasperado y se permitió una sonrisa. El youko no era alguien que necesitase protección, pero Hiei sabía que si el momento llegase, haría hasta lo imposible por evitarle pena alguna, inclusive, daría su vida por la felicidad de su amigo.
Kurama había vivido mucho tiempo, si bien su apariencia de humano ocultaba su aspecto real, se podía decir que aun era demasiado joven para todo; pero las apariencias engañan, y tras ese joven de afable aspecto, se escondía un ser que había vivido más que cualquier ser que pisara ese mundo. Había tenido tantas experiencias en su antigua vida, que pocas cosas lograban sorprenderle. Pero Hiei no era cualquier cosa. Era dos mitades. Nacido del Hielo y del fuego, cosas tan opuestas, tan diferentes la una de la otra que parecía imposible la coexistencia de amabas cualidades. Hiei era calmado y frío, aparentemente corto en emociones, incapaz de sentir algo por alguien que no fuese su hermana. Fuerte e intenso, capaz de hacer temblar a cualquiera con todo el poder que se escondía en su pequeño cuerpo.
Y él, era feliz. Tenerlo a su lado, saber que confiaba en él, al permitirse dormir en la misma habitación, bajar la guardia y brindarle esas pequeñas y poco frecuentes sonrisas que hacía que ese aniñado rostro se dulcificara. Suave cabello negro, el cual dejaba entrever un flequillo blanquecino, enormes ojos rojos como el fuego y un penetrante olor pino y tierra mojada que lo enloquecía, ¿quién podía afirmar el haber tocado ese delicado cuerpo y no recibir una dolorosa advertencia? Nadie en su sano juicio se atrevería a acercarse al demonio, por temor a enfrentarse a toda su furia. Y ahí estaba él, un simple youko en el cuerpo de un humano, que había tenido el privilegio y placer de tocar con sus manos a Hiei.
Inclusive lo había abrazado y había posado sus labios sobre esas pálidas mejillas, siendo quizá el único en presenciar un leve tono rojizo en el rostro siempre inmutable de Hiei. Y todo el cúmulo de sensaciones que sentía con tan sólo tenerlo cerca, le provocaban cosquilleos en el estomago y una punzada en el pecho, le dolía, pero no le causaba pena. Le quería, de eso no había dudada, lucharía por la felicidad de aquel que lo llenaba con su sola presencia, nadie sabía la inmensa alegría que lo inundaba cuando el demonio lo visitaba y esas visitas eran aun más valiosas para él, al saber que no era fácil el camino desde el makai a su mundo. Nadie nunca sabría cuan valiosos eran esos momentos para Kurama. Nunca nadie sabría que Hiei era lo más valioso que Kurama deseaba.