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Por Kea Langrey
PG-13 Romance
Yu Yu Hakusho
Capitulo Dos
-Y... ¿te gusta?
-mmh... no está mal –que no lo escupiera como solía hacer cuando
algo le desagradaba era clara señal de que no le había resultado desagradable.
-¿Quieres más? –preguntó dudoso.
-Me da igual –respondió alzando los hombros, pero muy dentro de su ser ansiaba probar un poco más, Kurama sabía que era la forma de decir “sí” de Hiei.
-¿Te gustaría que saliéramos a...?
-Está lloviendo –lo interrumpió –además, estoy cansado.
-¿Cansado? –eso lo sorprendió, Hiei nunca admitía debilidad, aun más el hecho de que afirmara que llovía, sin que esto fuese cierto.
-Caminé mucho para llegar aquí. –que soltara más de tres monosílabos era un claro ejemplo que algo andaba mal.
-¿En verdad? –levantó su ceja interrogando, su demonio estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias en poco tiempo.
-Como mil millas. –y tomo una pequeña galletita de un plato que
descansaba en el suelo, se la echo en la boca, esperando que esta se deshiciera.
-No juegues, Hiei. –Kurama suspiró y bebió un sorbo del té aromático que había
preparado.
-Podría caminar más, sólo por verte. –soltó vagamente, Kurama lo
miró, con los ojos muy abiertos y sus labios ligeramente separados -¿Qué?
-Nada... yo sólo... –tartamudeó, las palabras se agolparon en su boca, que
difícilmente salían de su boca y se obligó a cerrar sus labios.
-Eres muy extraño –se levantó del piso y se acercó a la ventana.
-¿Te vas? –preguntó, levantándose también del suelo, Hiei negó con la cabeza, miraba por la ventana, la abrió un poco y un viento húmedo entró.
-Te dije que llovía. –Kurama fijó su vista en la suave lluvia que comenzaba a caer, ya iban demasiados días, la lluvia en ocasiones comenzaba muy temprano por la mañana, y no paraba hasta la tarde, en otras, llovía toda la tarde y parte de la noche.
-No sé como sabes estas cosas. –estaba tan cerca de Hiei que podía aspirar el suave aroma que emanaba de su cabello, cerró sus ojos y sonrió, disfrutando del embriagante perfume que poseía el demonio.
-He pasado demasiado tiempo fuera, como para saber cuando lloverá –una pequeña brisa entró en la habitación y en un acto de reflejo, Kurama estiró su brazo para cerrar la ventana, acercándose aun más a su amigo.
Entonces, Hiei se giró algo sorprendido por tenerlo tan cerca, alzó su rostro y
lo miró. Kurama, aun con el brazo estirado bajó un poco su rostro y miró a Hiei
también. Su respiración se hizo más pesada, podían sentir el cuerpo tibio del
otro a su lado. El pelirrojo estaba absorto en los ojos rojos de su amigo, en
sus delicados labios que estaban entreabiertos, como una clara invitación para
algo que Kurama ansiaba desde hacia mucho tiempo.
Con calma bajó su rostro, Hiei cerró un poco sus ojos, no supo por qué lo hizo, sólo algo en su interior, como una sensación cálida que lo obligó a hacerlo. Unos cuantos centímetros más y los labios de kurama tocarían los de Hiei, podía sentir su aliento chocar contra el suyo... y un fuerte relámpago cayó demasiado cerca, sobresaltándolos un poco, segundos después el trueno los hizo dar un ligero salto hacía atrás, rompiendo el encanto y la atmósfera de tranquilidad que habían formado. Una fuerte tormenta había comenzado.
Hiei se encaminó a una de las paredes, recargándose en ella y después deslizándose hasta quedar sentado en el suelo; Kurama terminó de cerrar la ventana y se acercó a su cama, dejándose caer en ella, mirando al techo. Demasiado confundido con lo que había pasado para formar una idea coherente en su mente. No quería ver a Hiei, no sabría que decirle, ni siquiera sabía si podría mirarlo a los ojos, sin recordar esa mirada de necesidad, esos labios ligeramente abiertos y húmedos que lo invitaban a besarlos.
Cerró con fuerza sus párpados. Aquellos sentimientos que tenía
cuando el otro no estaba lo habían llevado a la conclusión de que lo quería, más
allá de lo que se quiere a un amigo, diferente al cariño que inspira una madre.
Lo necesitaba, lo extrañaba, grandes sentimientos que nunca había sentido.
Apreciaba a varias personas, pero con Hiei era diferente, sentía una parte de él
vacía, si el demonio no estaba a su lado. El silencio era diferente, no ocupaba
tanto espacio cuando un par de orbes rojas lo miraban intensamente.
Por su parte, Hiei se preguntaba cómo era capaz de aceptar tal cercanía con
Kurama, cómo hacía hasta lo imposible para llegar con Kurama, cómo en diferentes
misiones, era por el único que sacrificaría su vida; haría lo posible por ayudar
a sus otros compañeros, para evitar que murieran, pero por nadie, a excepción
quizá de su hermana por motivos obvios, daría su vida. Eso ponía en verdad su
mundo de cabeza. Acostumbrado a no depender de nadie y que nadie dependiera de
él, pero ahora dos palabras venían constantemente a su mente. Necesidad. De
estar siempre cerca de Kurama, de mirarlo a los ojos, de disfrutar de sus
maravillosas sonrisas, que eran diferentes a las que les daba a todos los demás.
Extrañar. Cada instante, cada momento que había estado cerca del zorro. Su
presencia, todo lo que él hacía y las sensaciones que le provocaba.
¿Sentiría lo mismo? Era algo difícil de precisar. Y en esos momentos maldecía la promesa de jamás intentar ver en su mente, y el hecho de que pensara en faltar a su promesa sólo por saber si el zorro sentía lo mismo se le hacía preocupante.
-¿Estas despierto? –se escuchó la voz queda de Kurama.
-mmh –gruñó y negó con la cabeza.
-Espera, te daré el futón. –se levantó de la cama y se acercó al armario. Después de sacarlo, lo extendió junto a su cama y volvió a recostarse. Hiei se acercó a gatas a su lecho improvisado y se metió bajo la suave cobija. Paso un rato en el que sólo se escucho el sonido de sus respiraciones, pero ambos sabían que el otro no dormía.
-Te extrañé. –se rindió Hiei, después de todo, tenía que arriesgarse y quería que Kurama supiera que para él, no era un compañero más y que significaba algo más que los otros. Kurama se incorporó sorprendido por la confesión, sintiendo como su corazón latía más rápido de lo normal.
-¿Qué? –rechinó sorprendido.
-Me escuchaste zorro, no me hagas repetirlo. –Kurama sonrió, Hiei nunca cambiaría, pero al menos ahora tenía la seguridad de que su relación avanzaría, después de todo aun tendrían más noches, sabía que Hiei volvería sin importar cuan lejos estuviera y él siempre lo esperaría, aguardando el momento en que no sólo se recibieran con una sonrisa, y un abrazo y hasta quizá un beso, acompañara esos momentos.