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Por Kea Langrey
PG-13 Romance
Yu Yu Hakusho
Capitulo Tres
-Odio que llueva. –el tono molesto de su amigo lo hizo sonreír.
-Tienes razón Urameshi, estos días son un completo asco. –apoyó fastidiado su amigo, Kurama sólo se limitó a ampliar su sonrisa, cosa que ambos amigos notaron.
-¿De qué te ríes tú? –preguntó molesto Yusuke, plantándosele enfrente con una cara de pocos amigos.
-De nada. –contestó en tono conciliador, sin dejar de sonreírles a ambos jóvenes que lo miraban como si estuviese loco.
-¿Te estas burlando? –preguntaron ambos, acercándose peligrosamente al joven, cierto era que le tenían cierto respeto al chico de larga cabellera roja, y que su dulce aspecto, les tranquilizaba, pero al ser atentado su orgullo se olvidaban de todo.
-En lo absoluto. Sólo que no concuerdo con ustedes sobre los días lluviosos. –y dicho esto, abrió su sombrilla y dejó atrás el techado del viejo templo que los cubría.
-¡Eh, Kurama! ¿Nos dejaras aquí? –gritó Yusuke, segundos después, recibiendo la sombrilla de Kurama en las manos y un ademán de despedida del joven que corría ahora para alejarse de ahí.
-Creo que empieza a afectarle pasar tanto tiempo con Hiei. –murmuró aun sorprendido Yusuke, por el comportamiento algo extraño de su amigo. El otro asintió con la cabeza, dándole la razón a su amigo. Después ambos miraron la sombrilla, y, como adivinando las intenciones del otro, sujetaron la sombrilla con ambas manos, comenzando a jalarla, en un intento desesperado de ser el portador del objeto que los salvaría de llegar mojados a sus casas.
-¡Suéltalo Urameshi! –gritó el pelirrojo, jalando con fuerza.
-¡Kurama me lo dio a mí, estúpido! –espetó el otro, tirando con potencia similar. Enfrascados en su lucha, sin medir las consecuencias de sus rudos actos, no se percataron de que la suave lluvia, era ahora una fuerte tormenta. Y un crujido los hizo reaccionar, y en un acto reflejo, ambos dejaron caer la hermosa sombrilla blanca al suelo. Se miraron, y ambos echaron a correr, mientras se gritaban al mismo tiempo.
-¡Fuiste tú! –dejando atrás, olvidada en el suelo la bonita sombrilla, ahora rota.
Después de perder de vista el templo, Kurama detuvo su andar, alzó su rostro, permitiendo que las pequeñas gotas de agua le mojaran el rostro, refrescándolo, estaba seguro que era la última vez que había visto la sombrilla, pero no se apenaba por eso, después de todo, eran simples cosas materiales, y tenía cosas más importantes en la cabeza. Bellos recuerdos que le inundaban los sentidos y que eran los causantes de que la lluvia lo llenara de cierta paz.
“Te extrañé.” hacía un año de eso, y aun podía escuchar la voz ronca de Hiei murmurando esas palabras, como acariciándolas, tan quedas y pasajeras que por un momento pensó que sus oídos le jugaban un broma. Pero no había sido su imaginación, y ese par de palabras le hicieron la persona más feliz de la tierra, y por un par de momentos se permitió soñar en que más que simple camadería, Hiei sentía algo fuerte por él, amistad... quizá amor.
Siguió andando, su casa no estaba lejos de ahí, y la refrescante lluvia le llenaba de una sensación de tranquilidad... que se esfumó cuando la lluvia se convirtió en una fuerte tormenta que le calaba hasta los huesos, y sin más remedio echó a correr. La ropa le pesaba, se arrepintió de ir tan abrigado en ese momento, claro, se protegía del frío, pero ahora que estaba empapada pesaba más de lo normal. Se detuvo en la entrada, agradecía que en esos momentos su madre aun estuviese trabajando. Si lo viera llegar así, seguro se enfadaría, y más sabiendo que había ‘regalado’ su sombrilla.
Entró, quedándose quieto en una esquina, se quitó con rapidez la ropa mojada y la dejó en una esquina, después se preocuparía por ella, ahora tomaría un baño y algo caliente, quizá así evitaría un resfriado. El agua caliente caía por su cuerpo desnudo, haciéndole recuperar un poco del calor perdido. Se dio el lujo de permanecer más de lo necesario bajo la cálida agua, disfrutando cada instante. Cuando por fin salió y después de vestirse y preparase un té caliente, se dispuso a limpiar lo que había mojado y a poner su ropa en la lavadora. Se asomó por la ventana y con tristeza vio que la lluvia aun no se detenía. Con un clima así, era casi imposible que Hiei llegara, si es que llegaba a ir esa tarde, había pasado más de una semana y él no se aparecía, y no porque fuese mucho tiempo, después de todo, ocho días no son nada, pero Hiei desde hacía unos cuantos meses que iba diario a su casa, a decir verdad, desde el día de aquella extraña revelación. Un año. Sonrió.
Un fuerte ruido llamó su atención, como algo que dio con fuerza en el piso, se apresuró a ubicar la procedencia del ruido, y una maldición mascullada lo llevó a su habitación, abrió la puerta y encendió la luz, encontrándose en una esquina a un demonio empapado y con la cara sonrojada.
-Maldita Mukuru. –balbuceó Hiei dejándose caer del árbol en el que estaba, apretó un poco su brazo, aun le dolía, estar buscando aun estúpido demonio tan fuerte y tener que capturarlo sin hacerle daño le había agotado bastante, y no entendía ¿para que demonios lo quería vivo? Si de cualquier manera le serviría muerto. La dichosa misión le había llevado más de lo esperado y por varios días se privó de la compañía de la persona... ¿o quizá demonio?, que más quería, pero una promesa, es una promesa, y había jurado ayudar a esa bruja en el Makai.
Una fuerte lluvia cubría el mundo de los humanos. Le gustaba la lluvia, después de todo, alguien que se la pasa bajo los árboles, debe acostumbrarse a la sensación de pequeñas gotas cayendo sobre sus hombros, pero las tormentas así de fuertes lo incomodaban un poco. Tenía que apresurarse, tenía un destino claro en la mente y ya había pasado demasiado tiempo como desperdiciar más contemplando el agua caer. Corrió. Pero eso no evitó que se mojara, llegó a su destino y miró la ventana de Kurama, la luz estaba apagada, quizá no había llegado de ese lugar donde iba a perder el tiempo sentado... suspiró. Se acercó al marco de la ventana y con lentitud la abrió. No contó con que su píe se atorara en sabrá dios donde, pues cayó estrepitosamente al piso, mojando el piso y golpeándose levemente el rostro.
Estuvo a punto de lanzar una maldición, pero se contuvo al escuchar pasos que se acercaban a la habitación... ¡los pasos de Kurama! Se puso de píe rápidamente y se alejó a un rincón, y la luz se encendió, en el umbral estaba Kurama, con su largo cabello húmedo suelto por sus hombros. Su piel ligeramente sonrosada y desprendiendo aquel aroma que lo enloquecía. Sintió como una extraña sensación de calor le subía por el cuerpo hasta llegarle al rostro y desvió la mirada, aquello le estaba sucediendo con demasiada frecuencia.
-Hiei. –fue el apenas perceptible murmullo que salió de los labios de Kurama, quien se acercó a Hiei, quien no pudo hacer ningún intento para moverse, pues cuando el pelirrojo llegó hasta donde estaba, le pasó los brazos por los costados y lo refugió en un cálido abrazó.
Hiei abrió desmesuradamente los ojos, eso era lo que él ansiaba hacer cada vez que estaba cerca del pelirrojo, así que se dejó embriagar por la calidez que de Kurama emanaba. Cerró sus ojos, dejándose absorber por lo que sentía en ese momento, esta bien ser débil en algunas ocasiones.
Por su parte Kurama, tarde se percató de lo que había hecho, pero se sentía tan bien, que no le importaba que Hiei estuviese completamente empapado o que después lo golpeara por atreverse a invadir su espacio personal, e iba a soltarlo, en verdad que esa era su intención... pero sintió como los pequeños brazos de su amor subían por su espalda para corresponder aquella muestra de afecto. Un nudo se formó en su garganta... demonios... cuanto ansiaba ese toque, todas las veces que se imaginó a él mismo abrazando a esa pequeña criatura que ahora tenía en brazos.
-Te extrañé tanto.
-Y yo a ti. –fue la respuesta de Hiei, Kurama cerró sus ojos y sonrió, sabía que después no habría marcha atrás, pero por una vez quiso arriesgarse, ¿qué había de malo? Si después de todo, el pequeño demonio que tenía entre sus brazos le estaba demostrando la aceptación que tanto anhelaba, y si no era así, de cualquier forma habría sido feliz por unos momentos, momentos que jamás olvidaría.
Y sin pensarlo más, se separó un poco de Hiei, quien lo miró a los ojos, como aguardando, pero sabiendo lo que seguiría. Tomó su delicado rostro entre sus manos, obligándolo a alzarlo un poco y descendió hasta llegar a unos cuantos milímetros de los delgados labios de Hiei. Sintió el cálido aliento pegarle en sus labios y sin esperar nada más, unió sus labios con los del demonio.
¿Qué importaba que ante otros eso fuera malo? Si con sólo sentir ese pequeño contacto, su alma explotó de felicidad.
¿Qué si no estaban juntos todos los días, si habrían días como ese en que su compañía bastaría para hacerlo el hombre más afortunado del mundo y más allá?
Nada más importaba, nadie más interesaba... lo único que necesitaban para ser felices, lo tenían justo en sus brazos, y en ese momento comprendieron que no debían permitir que eso terminara, pues en la vida hay que tomar aquello que nos llena de felicidad y no permitir que se escape de las manos, como el agua que se desliza entre los dedos, hay que luchar por ella. Siempre, sin importar que.
Se apartaron y se miraron, Kurama sonrió... y Hiei lo hizo, una verdadera sonrisa de felicidad, una con la que su rostro perdía ese gesto de fastidio y suavizaba sus facciones, haciéndole ver más joven, más dulce, más atractivo...
-Hiei yo... –comenzó Kurama, pero Hiei lo interrumpió, temeroso de lo que vendría.
-Estoy cansado, Kurama. –el aludido sintió una punzada, no sabía que diría, pero su mente no pudo evitar pensar en que era una despedida por aquel trato recibido –Cansado de estar contigo, es doloroso, y, sin embargo, es más doloroso no estarlo... te quiero, y nada evitará que lo haga. –terminó, Kurama lo había soltado de la impresión, y al ver que Hiei se alejaba un poco lo tomó del brazo.
-¡Oh Hiei! No tienes idea de cuanto espere por esas palabras, –se acercó y depositó un pequeño beso en sus labios –también te quiero, y estar sin ti estos días fue como morir en vida, tú eres mi felicidad. –y fueron las últimas palabras que se dijeron, pues nuevos besos fueron regalados, muestras de cariño recibidas y dadas sin pedir nada más que un poco de amor a cambio.
La vida suele ser corta, más para aquellos que la arriesgan cada día que pasa. Está prohibido mostrar debilidad cuando tu vida depende de la fuerza y fortaleza que demuestres, no te esta permitido amar, pues es algo que tarde o temprano podrá costarte la vida o la de la persona que amas... ¿pero que hay cuando esa persona es la que te da la fuerza para continuar? ¿Podrías dejarla ir sin pelear? ¿Permitirías que la felicidad te fuese arrebatada? Después de todo, no es tan malo ser débil. Es un pequeño precio que hay que pagar por conseguir la felicidad. La felicidad al lado de lo que más interesa, junto a la persona por la que harías todo, por el ser al que más amas.