|
|||||||||
Autora: Qfapo
Nota de Sanasa: Bueno... últimamente hay cosas raras en los fics, así que a explicar de nuevo lo que es esto.
Este pequeño capítulo no lo he escrito yo, ha sido mi querida Qfapo :P, y es un pequeño interludio entre el capítulo 10 y el 11, es decir, que esto NO es el capítulo 11, si no algo que pasa entre medio. La historia y el argumento no avanzan, pero si que es necesario leerlo porque aparecen conceptos y secretos sobre el fic que más adelante tendrán importancia. En otras palabras... que si no se lee esto, en un momento posterior bastante importante hay algo que no se entiende. Todo lo escrito ha salido de su cabeza, y yo he aprovechado las ideas para ligarlas con Black Rain, así que todo el mérito de esto va para Qfapo :D. Repito que este pequeño interludio no lo he escrito yo, pero que el resto de los capítulos (el 11 mismo, que es el siguiente) sip.
.....................................................................................................................
Al parecer ni el clima iba a estar de su parte ese día.
Tan pronto como había empezado su camino por entre la espesura del Makai, la tensión de una tormenta había comenzado a crepitar en el aire, augurando que, en efecto, al cabo de poco estaría empapado.
Y allí estaba, en el portal de una de esas medio ocultas y oscuras tabernas que uno sólo podía encontrar en medio del denso bosque si sabía donde buscar, tratando de sacudirse de encima inútilmente algo del agua con la que el temporal le había obsequiado antes de pasar al interior.
Hacer su entrada en el lugar empapado de pies a cabeza sería, sin duda, una técnica magnífica para atraer miradas. Pero no la clase de miradas que esa noche había decidido buscar.
Ni estar encerrado en su refugio, ni velando por alguien que ni siquiera merecía ser velado desde la copa de un árbol, ni tan sólo cobijándose del inclemente tiempo en la antes acogedora habitación de esa persona, podían servirle ya de consuelo o alivio.
Lo único que necesitaba era desahogarse, como fuera. Y necesitaba una manera de hacerlo que le permitiera dejar de sentir que toda su maldita vida daba vueltas y vueltas, cada vez más rápidas y confusas y peligrosas y adictivas, alrededor de Kurama.
Aunque sólo le hizo falta empujar la gruesa puerta de madera ante él y revelar la sala que escondía, tenuemente iluminada y repleta de oscuras figuras difuminadas bajo la enfermiza luz de las lámparas de aceite y repartidas por las mesas y la barra, para comprender que quizás no había elegido el mejor lugar para demostrarse algo como eso.
La ironía de la situación hizo que tuviera que dedicarse una discreta sonrisa sin humor a él mismo mientras se desprendía de su casi chorreante capa y trataba de aplanar un poco su pelo con la palma de su mano.
Porque, justo en la noche en que, después de una indignante cantidad de tiempo rechazando la posibilidad de encontrar a alguien que substituyera a Kurama mientras éste le negara el sexo, se había decidido a poner fin a esa absurda fidelidad que se había impuesto y utilizar el cuerpo de alguien para dejar su mente en blanco por un rato, esa noche precisamente tenía que encontrarse con Youko Kurama.
Estaba sentado al fondo, sus brazos cruzados sobre su esbelto torso mientras la luz plateada de los rayos iluminando intermitentemente el cristal de la ventana a su lado hacía brillar su impresionante melena en fríos destellos.
Después de todos los problemas que les había traído, allí estaba, irresistible, envuelto de su belleza fría y plateada.
Y sus ojos dorados acababan de desviarse de la fiereza de la tormenta para clavarse en los suyos mientras una sonrisa afilaba sus labios.
***
Cerró los ojos contra el salvaje viento que amenazaba con la inminencia de una tormenta, agazapado en lo más alto de una escarpada roca, dejando que sus dedos acariciaran el metal de su más reciente conquista antes de esconderlo en la profundidad de su caverna.
El aire era viejo, aire milenario como el mismísimo Makai, y sin embargo lo sentía sobre su piel como si fuera nuevo.
De hecho, era casi como si todo fuera nuevo.
No estaba seguro de la razón por la cuál se sentía de tal forma, sólo sabía que sus sentidos parecían tan agudizados como si corriente eléctrica se deslizara a través de ellos.
Y sólo sabía que ninguno de los tesoros apilados más allá de la gruesa roca gris bajo él parecían capaces de saciar la inquietud que latía en su interior desde que ese atractivo pelirrojo de ojos verdes y vacíos se había presentado ante él con sus dos torpes amigos para hacerle esa oferta.
Ya sólo una idea corría a través de sus venas.
Kuronue.
Pronto, se decía.
Pronto.
Y sin embargo, pronto no parecía querer llegar nunca, y allí estaba él, andando a través de la espesura con ganas de sustituir el frío tacto de los tesoros bajo las palmas de sus manos por la ardiente piel de un amante.
Cualquier amante que le permitiera hacer la espera de Kuronue más soportable.
Cualquiera.
Incluso el atractivo moreno de baja estatura y fuerte complexión que un par de horas después hizo su entrada en el deprimente local, sus ojos buscando a alguien con quien atizar el fuego en ellos, y las primeras chispas encendiéndose en sus pupilas cuando sus miradas se encontraron.
Y sólo una sonrisa después, se sentaba ante él con gestos estudiados, sin dejar de escrutarle, sus ojos clavados en los suyos como si algo magnético les estuviera atrayendo.
-Me pregunto cuando esta panda de imbéciles van a encontrar algo mejor que hacer que mirar como estúpidos-dijo al dejarse caer en su silla, sin ni tan sólo tumbarse para echar un vistazo a los curiosos que no se esforzaban en disimular su interés por el demonio y el youko, con voz firme y malhumorada.
Una bonita voz firme y malhumorada.
-Que miren-replicó tranquilamente, alzando su mano hacia un asustadizo camarero- Y que mueran de envidia.
-Somos un poco creiditos, ¿no?-murmuró, como si eso le molestara especialmente, observando al hombre acercarse con una tintineante bandeja sobre la palma de su mano.
-Sí-admitió- Pero has sido tú el que ha venido.
Su comentario arrancó una tenue sonrisa de los finos labios del chico, labios hechos para encajar en su rostro de rasgos delicados y al mismo tiempo agudos y definidos, y no entendió el significado de sus próximas palabras, que parecieron cargadas de amargura.
-Sí. He sido yo.
-Qué... ¿qué tomarán?
El camarero dio un gracioso saltito sobre sus talones cuando los dos dirigieron sus miradas hacia él, como si le hubieran pinchado.
-Cerveza con miel-espetó el demonio, como si estuviera insultando al hombre.
-Vino con especias.
Y sus voces parecían estar echas para complementarse, la una brusca y descuidada, la otra sedosa y traicionera.
Esperó a que el hombre hubiera seleccionado una jarra y una copa de su bandeja, las dos bebidas ya preparadas y aún calientes, y se hubiera marchado para hablar de nuevo.
-¿Y qué tal si tomamos las bebidas arriba?-propuso, ladeando un poco su cabeza.
Comprendió que no se había equivocado en su elección cuando el demonio hizo un pequeño gesto afirmativo con su afilada barbilla. Había querido a alguien decidido y sin muchas ganas de conversación para esa noche, y eso era exactamente lo que había conseguido.
Y tan pronto como la puerta de una de esas pequeñas habitaciones alquiladas por horas se cerró tras ellos, tuvo la agradable sorpresa de descubrir que además era tan impaciente y apasionado como lo que había visto en sus ojos sugería.
No se resistió cuando le empujó contra la pared e introdujo su lengua entre sus invitantes labios con casi rudeza, las bebidas quedando olvidadas rápidamente, sino que sólo se entregó a ese juego de caricias desesperadas devolviéndolas con énfasis, sintiéndose algo turbado por lo artificial de las reacciones de su compañero.
Era casi como si estuviera esperando cada uno de sus movimientos.
Él, en cambio, no habría tenido forma de predecir la forma en que las manos del demonio sobre él le hicieron sentir.
Había pasado ya mucho tiempo desde que alguien había conseguido hacerle cerrar sus ojos y suspirar y abandonarse, toda necesidad de poseer perdida a favor de la de ser poseído.
Sólo una persona lo había hecho antes.
Y por un momento, tuvo que morderse los labios para que de ellos no escapara el susurro que su garganta contenía, Kuronue.
Sin embargo, el hechizo fue roto tan pronto como el demonio se deshizo de sus largos y relajados brazos para vestirse, sus ojos deteniéndose por un momento en el cristal de la ventana, las luces de la tormenta dibujando tramas acuosas en su rostro.
Y si bien la ilusión de haber encontrado algo parecido a un verdadero amante ya había desaparecido, algo aún más poderoso le invadió cuando el demonio volvió a hablar, algo que hizo que sus ojos buscaran su katana perdida por el suelo, sólo para saber donde estaba en caso de emergencia.
Porque sus palabras no podían ser una casualidad.
-¿Por qué se traiciona a alguien a quien se ama?-preguntó, sin mirarle, su mirada extraviada mucho más allá de las finas y fieras gotas azotando la espesura gris y verde.
Ya había oído eso.
Lo había oído antes, mucho tiempo atrás, de sus propios labios.
***
"¿Por qué se traiciona a alguien a quien se ama?"
El sonido de botas golpeando la arena más allá de la vieja puerta de madera tras la que se habían escondido, que les ocultaba de la traicionera luz del sol que los podría descubrir ante sus perseguidores, era el único ruido en el viejo cobertizo a punto de caerse, lleno de paja y polvo.
Botas contra el polvo y los latidos de dos corazones galopando juntos mientras Kurama mantenía una rosa firme contra el pálido y expuesto cuello de Kuronue, que, con su cabeza pegada a la pared tras él y una sonrisa impertinente, observaba con sus ojos grises al furioso youko ante él.
-Te he ayudado a escapar de ellos, ¿no?-replicó tranquilamente.
-No te estoy hablando de eso-siseó Kurama, su voz rasgando el aire con fiereza- ¿Y qué pasa con mis tesoros?
-¿Para qué quieres tus tesoros si tienes eso?
La mirada de tormenta, fuera de lugar en el sofocante calor de esa tarde, cayó sobre el cofre a sus pies.
El cofre que contenía uno de las piedras preciosas más importantes de todo el Reikai, la piedra por la cuál cualquier ladrón habría matado.
La recompensa que Koenma había puesto sobre la cabeza de Kurama en uno de sus vanos intentos de cazarle.
-Me has vendido por esa mierda- respondió Kurama, su voz afilada como el metal que amenazaba en romper la hermosa piel de Kuronue.
-Ahora es nuestra, Kurama. Nuestra, y somos los ladrones más ricos de todo el Makai...
El triunfo hacía brillar el gris como sólo el dorado podía brillar.
Pero Kurama estaba seguro de algo. Esos destellos relucientes en las pupilas de Kuronue no eran el reflejo de las suyas.
Sus ojos no brillaban.
Porque para conseguir ese tesoro, Kuronue había revelado la situación de su escondite.
Y no sólo le habían encontrado a él en la cueva, sino que a esas horas algunos de sus más preciados tesoros, que con tanto esfuerzo había conseguido, volvían a estar en manos de los que anteriormente los habían poseído.
Y sin embargo, los tesoros no parecían tan importantes en ese momento.
-Podrías haberme contado tu plan, podíamos haberlo pensado juntos- le recriminó con frialdad.
-Nunca habrías aceptado...
-No me digas-le interrumpió Kurama, sin ni tan sólo esforzarse en cubrir sus labios con una de esas falsas sonrisas con las que le gustaba adornarlos cada vez que estaba a punto de matar.
Esa vez sólo entrecerró sus ojos, apretando sus dedos alrededor del mango de su katana.
-Voy a ayudarte a recuperar los tesoros, Kurama-dijo Kuronue, sin dejar de mirarle a los ojos.
No era una súplica ni un ruego ni una promesa ni una mentira, era tan sólo algo que podía creer o no.
¿Y como creerlo después de lo que le había hecho?
-¡POR AHÍ, EN EL COBERTIZO!
Más pasos acercándose, por lo visto los guardias de Koenma incapaces de resignarse a haber perdido su presa, y tuvo que elegir, el sonido de pasos cada vez más cerca.
-¡Mierda!-soltó, y no se tumbó para ver como Kuronue le seguía hacia el exterior.
No le hizo falta tumbarse. Sabía que siempre estaría allí, a su lado, sus pasos sonando al mismo tiempo y sus respiraciones confundiéndose mientras el torbellino de la adrenalina les envolvía.
Y sin embargo, todo parecía diferente.
Su pregunta no recibió respuesta hasta mucho más tarde, cuando algunas noches después los dos yacían enredados en suaves sábanas bajo la suave luz fría y plateada que caía sobre sus cuerpos desnudos, atravesando el cristal que cubría buena parte del techo del escondite de Kuronue.
-Kurama-le susurró su amante al oído, dedos largos y hábiles deslizándose suavemente por su espalda mientras sus palabras le llegaban llenas de descaro. Y entonces recibió la respuesta.
"Sólo se traiciona a alguien a quien se ama cuando se sabe que también él te ama. Porque nada va a cambiar eso"
***
Se limitó a seguir contemplando el demonio, hasta que éste se desperezó alzando sus brazos por encima de su cabeza con un rápida movimiento antes de sentarse a los pies de la cama para calzarse sus botas.
-Olvídalo-murmuró, pareciendo de súbito muy enfadado, y sólo el sonido de un trueno en la lejanía seguido de su fría luz secundó sus palabras.
Estaba ya a punto de marcharse de nuevo hacia abajo, habiendo conseguido ya lo único que el uno quería del otro, cuando su voz le detuvo.
-Espera-dijo, medio incorporado sobre sus codos y sin molestarse en ocultar su desnudez bajo la enredada sábana a sus pies.
La única desnudez que quería proteger era la de sus ojos, que desvió hacia la interminable cortina de agua aislándoles del mundo.
-¿Quieres saberlo, demonio?-preguntó, dejando que la burla dominara su voz- Sólo se traiciona a alguien a quien se ama cuando se sabe que también él te ama. Porque nada va a cambiar eso.
Y sonrió cuando el seco golpe de la puerta sonó fuera de su campo de visión.
No volvió a ver al chico al tumbar su cabeza hacia él, y casi se alegró.
Porque el vacío en él no había sido provocado por el demonio, pero sí por sus gestos, su manera de tratarle, sus palabras.
Un vacío que, tal y como había comprobado esa noche, ningún amante podría llenar, hasta que al fin el momento llegara.
Y de mientras, se dijo mientras depositaba unas monedas doradas sobre la barra del local, correría bajo la tormenta para que sus manos pudieran seguir robando el calor del oro, su relucir cálido.
Sólo para no tener que sentir esa frialdad en su pecho mientras los rayos plateados eran la única luz en el mundo.
***
Apenas si había dormido un par de horas refugiado bajo algunas mantas en la pequeña cabaña que le había estado sirviendo de refugio últimamente cuando la voz de Yusuke le sacó bruscamente de su sueño.
-¡Hiei, al fin te encuentro!
Hubiera dado lo que fuera para que se callara un rato, o incluso para que el imbécil de Kuwabara hubiera estado allí, ya que quizás de esa forma se habrían olvidado de él mientras hablaban de sus tonterías. Pero una vez más la suerte no estuvo de su parte, y tuvo que oír la excesivamente entusiasta voz de su compañero retumbar en su cabeza mientras andaban hacia su apartamento, las primeras luces de la mañana empezándose a reflejar pálidas sobre los charcos esparcidos por el pavimento de las calles.
Ni tan sólo al sentarse en una de las sillas de su agradablemente cálida cocina y aceptar el vaso de leche caliente que le ofreció pudo concentrarse en sus palabras.
Su atención viajaba aún muy lejos, más allá del cristal de la ventana perlado de pequeñas gotas sobre el cuál sus ojos habían caído.
Las imágenes, los olores, las sensaciones, todo lo que había sentido la noche anterior seguía fresco en su memoria. Y sólo estaba seguro de una cosa.
De todas las malas ideas que había tenido, estar con Youko Kurama había sido la peor.
Y no por cualquier estúpido remordimiento por haber traicionado a Kurama que hubiera podido sentir. Lo que él había hecho no era traición.
Ni tan sólo se trataba de esa nada que se había instalado en su estómago mientras besaba al youko, sus labios arrancando besos furiosos en un inútil intento de sentir algo parecido a estar con su Kurama.
No era nada de eso lo que hacía que se arrepintiera de cada una de las decisiones que había tomado la noche anterior.
-Hiei... Hiei, ¿me escuchas?
La mano de Yusuke moviéndose ante sus ojos le hizo aterrizar de nuevo en la silenciosa cocina, y la apartó con gesto malhumorado de su rostro, lo cuál le ganó una sonrisa del chico.
-¿Se puede saber donde estabas?-preguntó, dándose impulso con las manos apoyadas sobre el mármol de la cocina para sentarse en éste.
-En ningún lugar que te importe-replicó, terminando su bebida de un trago- ¿Qué me estabas contando?
-Pues sí que nos hemos levantado de buen humor...
Le lanzó una mala mirada a Yusuke, pero éste se limitó a hacer rodar sus ojos.
-Está bien, te estaba contando lo del pacto con youko Kurama... Y te estaba preguntando si crees que podemos confiar en él.
Soltó un pequeño resoplido por su nariz, sus ojos fijos en el fondo vacío de su vaso.
-No, no podemos-respondió, haciendo rodar las últimas gotas de leche por encima del cristal- Pero vamos a tener que hacerlo.
Sólo había una razón para arrepentirse por completo de lo que había hecho.
Esa noche había comprendido que una traición del youko nunca podría haberle dolido.
Pero que, despojado de esa mitad de su ser, Kurama sólo era Shuichi, esa parte de él que le había obligado a volver a su cama noche tras noche, como si alguna fuerza magnética le hubiera atraído hacia él.
Y eso significaba que no había ninguna justificación para lo ocurrido, ninguna parte maligna a la que culpar. Porque, al fin y al cabo, ya no estaba seguro de que Kurama y Shuichi fueran tan diferentes.
Sólo sabía que era ese Kurama en el que él había confiado, su Kurama, el que le había traicionado.
.......................................................................................................................