"Cofee Days"
Por Sanasa

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Resumen: Toda vida sus cosas, ¿no Hiei? Está el trabajo, el amor, los amigos, la familia... ¿y los detectives? Sí, esos también. (yaoi, KuramaHiei)

 

 

 

 

 

 

Título: Coffee Days.

 

Parejas: Kurama/Hiei, otras.

 

Warnings: Shounen-ai.

 

Disclaimer: YYH no me pertenece.

 

Notas: Pues aquí está un AU que empecé hace muuuucho tiempo y que no había pensado en continuarlo ni nada pero el otro día lo encontré y me acordé de que me lo pasaba muy bien escribiéndolo, de modo que aquí está xD. No está acabado aún, pero poco a poco...

¿Lo que hay que saber? En este fic todos son humanos normales y corrientes, no hay ni demonios ni Makai ni nada: Kurama, Hiei y Kuwabara son amigos de la infancia y tienen un negocio juntos, un bar del centro de Tokio; Yusuke es un detective privado y Botan es la compañera de piso de Kurama y trabaja en la redacción de una revista (Koenma es su jefe :P). Y creo que eso es todo.

Gracias anticipadas! =P

 

 

COFFEE DAYS

 

1. Jugando a cocinas y detectives

 

 

Sencillamente miraba cómo dormía. Cabeza apoyada sobre la almohada. Pecho subiendo y bajando a juego con su respiración. Y de vez en cuando algún quejido, muestra de la oscuridad de su sueño.

 

Sueños oscuros para una oscura relación. Oscuridad fugaz, tramposa y engañosa. Y pensaba que en las sombras tampoco se estaba tan mal con él. Porque al fin y al cabo, por mucho que los otros insistieran en la irrealidad de su carácter, en lo poco que te podías fiar de su escurridiza y traidora presencia, yo podía sentir el latir de la piel al posar una mano sobre su brazo cómo hacía en aquel momento.

 

Qué corto se sentía el placer ante las horas de toda una noche.

 

Y al ver cómo las luces encendidas robaban el misterio a su figura, decidí cortar aquella fuente de iluminación y tender mi cuerpo sobre el del otro antes de que los rayos de sol se filtraran en aquella habitación de hotel. Abracé su cintura mientras miraba con recelo la ventana. Pero mi naturaleza me ordenaba que aprovechara la magia de aquella situación en que difícilmente me volvería a encontrar. Por eso dibujé un último beso en esos labios carnosos y dejé que el sueño flotara a través de mi cuerpo.

 

· · ·

 

Hiei descubrió un brazo de entre las mantas y lo dejó caer sobre el despertador, sonando molesto desde hacía un minuto. Cuando éste cesó, desplegó su cuerpo por toda la cama, quedando tendido sobre él con los ojos cerrados, respiración tan relajada.

 

Fueron los toques en la puerta, suaves como la mano que sabía que le reclamaba, los causantes de que levantara los párpados y el cuerpo del absorbente colchón. Se acercó, lanzando rápidamente una camiseta a través de su cabeza, y retiró la puerta.

 

-Buenos días Hiei.

 

-Buenos días, Yukina –contestó sin mucho entusiasmo -¿Qué quieres?

 

La chica le sonrió.

 

-He dejado el desayuno preparado en la mesa –Hiei rodó los ojos. Estaba cansado de decirle a su hermana que sabía prepararlo él mismo- Pero vengo a decirte que hoy me marcho un poco antes, es que he quedado –contó la chica con una gentil sonrisa.

 

-Ah, bien –y cuando Yukina acentuó la felicidad al recibir el consentimiento que había venido buscando, Hiei se sintió como el hermano mayor que no era.

 

Aún así, no tuvo mucho tiempo de pensar en ello cuando Yukina se despidió de él desde la puerta con un enérgico “Adiós”.

 

De modo que, soltando un audible gruñido ahora que disfrutaba de la soledad del piso, se visitó rápidamente y reparó de nuevo en lo buen cocinera que Yukina era al sentarse y dejar que la comida viajara por su garganta.

 

Pero la prisa le atrapó cuando sus ojos fueron a parar sobre los números de rojo encendido del reloj.

 

-Mierda –un murmuro malgastado en el aire.

 

Y sus pasos cruzando las calles fueron más apresurados aquella mañana. Cuando se vio a si mismo ante el deseado edificio, dejó que sus dedos traspasaran el pomo de la puerta trasera. Y al atravesar el olor a comida que la cocina limpia y ordenada desprendía, sus lógicas sospechas se confirmaron con una seguridad infalible. No era el primero en pasar por ahí.

 

Se colocó tras la barra del bar, mirando hacia los lados en busca de uno de sus amigos.

 

-Buenos días, Hiei.

 

Su cuerpo reaccionó al instante ante la voz, y se dio la vuelta para ver su origen a pesar de que ya había identificado a su propietario tan buen punto la primera nota se había colado en sus oídos.

 

-Hn... hey, Kurama –dijo, su voz carente de sentimiento alguno, mirando cómo el pelirrojo apartaba pelo de su rostro con un más que grácil gesto.

 

No pudo evitar que un pensamiento del cual dudaba la pulcritud naciera en su cabeza cada vez que veía a Kurama. Eso era culpa de la marca que algunas situaciones dejaban en la mente, no de él.

 

-Hay bastante gente hoy –observó Kurama señalando el cúmulo de mesas y sillas ocupadas que se extendía ante la barra donde se refugiaban.

 

Hiei asintió y se desplazó hasta un rincón donde las notas reposaban. Tomó una al azar entre sus dedos.

 

-¡Buenos días, Hiei! –levantó la vista hacia esa melodía que era la voz de alguien.

 

Kuwabara depositó una grande y redonda bandeja de metal sobre la barra, causando un sonido que, descontrolado, podía llegar a ser ensordecedor. Le dedicó una sonrisa.

 

-¿Cómo es que llegas tan tarde?

 

-¿Y a ti qué te importa?

 

Kuwabara abrió mucho los ojos, y pareció como si pensara la respuesta mientras su rostro era envuelto por la oscura capa de la ira. Kurama sacudiendo la cabeza con una sonrisa mientras seguía limpiando vasos.

 

-¡No! ¡Hoy te libras porque estoy de buen humor! –sentenció el muchacho enérgicamente, ensanchando la sonrisa que había aparecido de nuevo en sus labios.

 

Hiei lanzó los ojos al techo y hundió de nuevo su nariz en el papelito, tan fino que desprendía un frágil sonrisa cada vez que lo agitaba.

 

Kurama sonrió, y Hiei notó como la concentración en limpiar los vasos seguía intacta a pesar de la conversación que iniciaba.

 

-¿Y a qué se debe ese buen humor, Kuwabara?

 

Hiei vio como el aludido sonreía con un orgullo indefinible.

 

-¿Ves esa chica que está tomando el té con su amiga?

 

Ni siquiera se molestó en alzar su sangrienta mirada hacia ella.

 

-¡Pues yo, Kazuma Kuwabara, conseguiré conquistarla!

 

Kurama le sonrió, sin decir nada al respecto en realidad. Y Hiei pensó que la fortuna le sonreía cuando Kuwabara dio una muestra de que su obsesión por Yukina se apagaba. Eso, que se fuera con la chica del té y dejara a su hermana en paz.

 

Y cuando una mujer llamó la atención de Kuwabara, una mano alzada sobresaliendo del descompasado coro de voces, éste se marchó con decisión hasta ella, inundando a Hiei y a Kurama con un agradable silencio.

 

Clec... clec... clec... clec…

 

Hiei levantó la mirada, sus nervios despertándose peligrosamente.

 

-Kurama.

 

-¿Si?

 

-Deja los vasos haciendo menos ruido –espetó.

 

El otro pareció algo aturdido, pero siguió haciendo viajar aquel trapo a través del cristal. Y Hiei sintió como sus ojos le traicionaban cuando revisaban el trabajo de Kurama repetidamente, cómo deslizaba sus hábiles –oh, muy hábiles- manos por el vidrio, el tejido resbalando entre sus dedos y... clec.

 

Y el “clec” siempre le ayudaba. Siempre que dejaba que sus pensamientos pasearan con algo de libertad por su cabeza necesitaba un “clec” para detener las estupideces que se llegaban a formar ahí. Al fin y al cabo, eso era lo único que uno podía llamarles. Estupideces.

 

Se fijó en la forma en que el pelirrojo colocaba un rebelde mechón detrás de su oreja. Y de vez en cuando dudaba qué era exactamente lo que observaba. Se veía a si mismo hurgando a través de la piel de ese chico, y por primera vez le preocupaba que éste guardara en su cabeza ideas erróneas. A pesar de todo, lo único que Hiei hacía era adorar su cuerpo. Era imposible que...

 

...clec.

 

Kuwabara volvió. Hiei sacudió la cabeza. Kurama siguió.

 

Y los tres siguieron al silencio hasta que uno decidió desviarse del camino, llevándose a los otros con él.

 

-Oye Hiei, ¿por qué no ha venido Yukina ésta mañana?

 

Hiei alzó las cejas ante la pregunta de Kuwabara. El otro se explicó.

 

-A veces viene a comprarse alguna bebida para llevar por la mañana antes de ir a la Universidad... no le habrá pasado nada, ¿no?

 

-Sí, se cayó por las escaleras de nuestro apartamento –dijo con sarcasmo.

 

Pero al parecer Kuwabara no captó el tono. Sus ojos se agrandaron y abrió la boca a pesar de que no emitió ningún sonido.

 

-Está bromeando, Kuwabara –informó Kurama, quien le lanzó una mirada severa a Hiei que fue respuesta por su sonrisa juguetona.

 

Y Kuwabara exhaló todo el aire que había estado reteniendo hasta entonces, recuperándose. El malhumor alcanzó a Hiei. ¿Qué había pasado con la chica del té?

 

-¡¡No hagas esas bromas, Hiei!!

 

-No es de tu incumbencia lo que haga Yukina.

 

-¿Pero qué insinúas enano?

 

-Que no es de tu incumbencia lo que haga Yukina.

 

-¡¡Pero serás...!!

 

-Eh, Kuwabara, creo que aquel chico quiere tomar algo...

 

Hiei y el otro dirigieron la mirada hacia el pelirrojo, quien sonreía educadamente mientras su dedo índice apuntaba hacia una de las mesas.

 

Todavía algo desconcertado, Kuwabara y su plata se alejaron de nuevo.

 

Kurama suspiró, destapándose de aquel escudo de calma ante Hiei por el segundo que duró la liberación del aliento de sus labios.

 

Hiei se aclaró la garganta, tratando de solucionar una de aquellas estupideces en su cabeza.

 

Pero Kurama no pareció entender el mensaje, ya que siguió impasible con sus copas.

 

De modo que, oh no, a recurrir a la conversación.

 

-Kurama.

 

El pelirrojo le miró.

 

-Dime.

 

-¿Se te ha pasado la borrachera del otro día? –probó con el malicioso sarcasmo.

 

Y Kurama extrañamente sonrió. En realidad tampoco se sorprendió excesivamente, el pelirrojo siempre sonreía.

 

-Yo era el que llevaba menos alcohol encima, Hiei. Me temo que no te acuerdas de algunas cosas que me dijiste.

 

Hiei hizo un gesto con su mano, demostrando su desinterés.

 

-Tranquilo... me acuerdo de lo importante, estúpido.

 

Kurama rió discretamente.

 

-Pero... –empezó Hiei de nuevo- No te lleves ninguna idea equivocada –Kurama levantó la mirada y siguió escuchando- Una noche es solo eso.

 

-Hiei, tranquilo –dijo, y a pesar de que sus ojos mostraban algo de desconcierto, su voz surgía calmada- No voy a tomarme ninguna libertad ni tratarte diferente por lo que pasó. Los dos somos mayorcitos como para entender que una noche...

 

-...es solo eso –concluyó.

 

Kurama asintió, y de nuevo volvió con los vasos de cristal.

 

Eso era un alivio. Desde que la influencia de la luna –y el alcohol- les había obligado a llevar sus palabras hasta una cama de hotel y a convertir a éstas en gemidos, Hiei había estado temiendo que tendría que rechazar alguna confesión de amor arrastrada por la situación. Suerte que Kurama lo había entendido. Una noche era solo una noche. Y follar era solo follar. Por eso le gustaba Kurama, siempre lo entendía todo. Aunque eso, obviamente, era sólo un secreto entre él y su mente.

 

De modo que, por primera vez en toda la mañana, se concentró de verdad en la nota que reposaba en su mano desde hacía tantos minutos.

 

Clec... clec... clec.

 

· · ·

 

Kurama observó con un suspiro cómo Hiei se adentraba en la cocina finalmente, una de las notas entre manos dispuestas a obedecer las órdenes que dictaba el papel. Kuwabara se acercó hasta él con cautela.

 

-Oye Kurama... –empezó, y el chico no vio otra salida que no fuera alzar la cabeza- ¿Crees que has hecho bien?

 

Oh, vaya, así que les había escuchado.

 

-Por supuesto que sí, Kuwabara.

 

-Pero... quiero decir –abandonó la plata de nuevo sobre la barra -¿cuánto tiempo llevas enamorado de ese chico? Mucho, ¿no?

 

-Sí, bastante Kuwabara.

 

-¿Y ahora que ya has conseguido algo le dejas escapar? –su voz se alzó en histeria, y Kurama alzó una mano y su sonrisa para tranquilizarle.

 

-Está bien así, Kuwabara. Si él no quiere nada más que esto por su parte, yo tampoco. No te preocupes, ya estoy contento.

 

-¿Te conformas con un polvo? Sí que pides poco... –dijo aturdido. Kurama tan sólo acentuó la curva de sus labios, sin pronunciar una palabra -¡De verdad creo que deberías insistir!

 

-Kuwabara, no. Las cosas están bien así de verdad. No te preocupes –y el otro no pudo devolverle las palabras al encontrar la determinación en su amigo, aunque el tono de voz salió tan relajado y dulce como siempre.

 

Así que Kuwabara decidió que abandonar el tema sería lo mejor.

 

-Bueno... esta noche tienes cena familiar, ¿no?

 

-Sí, voy a cenar en casa de mi madre esta noche. Me invitó el viernes, pero entre todo hasta hoy no he tenido tiempo.

 

Kuwabara posó una mano en su barbilla, pensativo.

 

-Quizás yo también tendría que ir a visitar a la familia. Bueno, a Shizuru –corrigió algo aturdido.

 

-Estaría contenta.

 

-Sí, ¡y así de paso podría presentarle a mi nueva novia!

 

-¿No debería primero saberlo ella que es tu novia? –pidió divertido.

 

-Sí, sí, eso... ¡¡allá voy!!

 

Kurama no pudo evitar reír al ver caminar a su amigo con decisión hasta la mesa de las dos chicas. Siempre hacía lo mismo. Fijaba sus ojos en una chica al azar y se obsesionaba con ella, justo para después detenerse en seco y lamentarse por no poseer y poder hacer llegar sus elogios hasta la hermana de Hiei. Siempre había sido un peso con el que Kuwabara había cargado. Kurama se sorprendía de que ese sentimiento sobre protector de Hiei hacia su hermana pudiera repercutir de tal manera en su amigo, que pasaba la vida tratando de dirigir su afecto hacia otras chicas, hecho que arrancaba de Hiei una malvada sonrisa de satisfacción.

 

-Kurama.

 

Se dio de nuevo la vuelta ante la llamada de Hiei.

 

-¿Esta noche vas a cenar con tu madre?

 

El pelirrojo se sorprendió ante el interés, pero apartando un mechón de pelo de su rostro para enfocar mejor a Hiei, le dedicó un “Sí”.

 

-Creí que esta noche habías quedado conmigo –dijo con malhumor y alzando una ceja.

 

-Te dije que no podía el sábado –corrigió.

 

-Por la noche –corroboró Hiei, asintiendo con la cabeza incrédulo.

 

-Mmm... sí, creo que no fue muy buena idea. Perdona.

 

-Vas a tener que pagar por engañarme hoy –y aunque su faz se mantuvo seria, Kurama supo captar el humor bajo la frialdad de su voz.

 

El pelirrojo trazó una sonrisa con sus labios.

 

-Tranquilo, seguro que encontramos el momento. ¿Mañana?

 

-¿Martes...? –Hiei se mantuvo pensativo unos instantes- Nop, mañana Yukina y yo veremos una película. Y ni se te ocurra decir que te engaño con ella.

 

-No... tranquilo, no lo diré. –dijo, riendo por lo bajo.

 

-Tampoco lo pienses.

 

-Oh, no sabía que eras tan intolerante, en estos tiempos modernos...

 

Y Kurama pensó divertido, que desde fuera debía parecer que estuvieran discutiendo relajadamente sobre el clima, ya que sus rostros no reflejaban atisbo alguno de diversión o burla. En sus voces residía la intención.

 

-Una cosa es tolerarlo, la otra hacerlo, inútil. Nos estamos desviando, como siempre que se habla contigo.

 

-Cierto. ¿Miércoles?

 

-Vale.

 

-Bien. Reservado, entonces. Oh...

 

-¿Qué pasa ahora? –pidió Hiei con una preciosa y desconcertada expresión a ojos de Kurama.

 

-Nada, sólo que creo que mi compañera de piso no estará el miércoles.

 

-¿ Botan?

 

-Sí...

 

-Ah, ¿te engaña? –preguntó con malicia, bromeando.

 

-Sospecho que sí... –dijo con un fingido suspiro.

 

-Mira al inútil –apuntó Hiei de golpe, señalando a Kuwabara.

 

Y Kurama supo que ese breve intercambio de bromas se había acabado cuando notó el tono de voz de Hiei, severo, duro y malhumorado.

 

Kuwabara reía nerviosamente ante la chica que ahora había quedado sola a causa de la repentina y urgente necesidad de su amiga de visitar el baño. Kurama no pudo evitar sacudir la cabeza y decorar su voz con una pincelada de melancolía y tristeza.

 

-¿Hasta cuando piensas esconderle a Yukina?

 

Pero Hiei no respondió. En vez de eso lanzó una última mirada a Kuwabara y se adentró de nuevo en la cocina.

 

· · ·

 

Hiei se dio cuenta de la rapidez con que el tiempo fluía cuando Kurama entró para anunciarle su marcha y la llegada del aburrido turno del mediodía. La estancia se acercaba al ambiente de un desierto por la gente que lentamente iba abandonando al local y a Hiei en aburrimiento.

 

-Oye... ¿sabes si Keiko está bien?

 

Tuvo que darse la vuelta para ver a Kurama, apoyado contra el marco de la puerta y con una expresión que rogaba, a causa de la prisa, por una respuesta rápida.

 

Hiei se encogió de hombros.

 

-Es Yukina me dijo que quería hablarme de algo.

 

-¿Cuándo?

 

-Ayer. Creo que la llamaré ahora, tiene descanso.

 

-Haz lo que quieras.

 

Elevando una esquina de sus labios, Kurama se despidió de nuevo de él con una mano. Hiei se apoyó contra la barra, cruzando los brazos y preguntándose mientras observaba como el último cliente atravesaba la puerta de salida porque aún mantenían el bar abierto durante el mediodía.

 

Pero la respuesta no tardó en visitarle. Un chico más o menos alto, pelo negro echado hacia atrás, se acercaba hasta él sonriendo de una forma demasiado extraña.

 

-¡Hola chico! –le saludó mientras se sentaba en una de las sillas ante la barra.

 

-¿Quieres algo? –y a pesar de todo, Hiei intentó parecer educado.

 

-Sí, ponme un café. –dijo, sin dejar de observarle por un momento.

 

Y aún cuando Hiei se dio la vuelta pudo notar los ojos chocolate del chico encima de él. Evidentemente, cuando se volvió para servirle el mencionado café, el muchacho no había desviado la mirada.

 

La incomodidad de Hiei empezaba a ser importante.

 

-¿Trabajas aquí habitualmente? –le preguntó.

 

Hiei sólo asintió.

 

-Ah, nunca me había fijado en que hubiera empleados tan atractivos –y entonces, ante la expresión aturdida e indignada de Hiei que bajó la vista hacia su bebida.

 

La incredulidad le asaltó en su plenitud, y lo único que Hiei pudo hacer fue alzar una ceja.

 

-¿Perdona?

 

-Nada, que el café está muy bueno –dijo sonriente.

 

Hiei decidió que era más sensato abandonar a aquel chico y su locura. Se volvió mientras sus nervios se apagaban y quedaban olvidados.

 

-En serio... está buenísimo...

 

Se dio la vuelta más rápido de lo que hubiera deseado.

 

-... el café –terminó con malicia.

 

-Oye, -empezó, incapaz de mantener en el silencio sus pensamientos por más tiempo-... si has venido a tomar el café me perece genial, pero si tus intenciones son otras... ya puedes largarte.

 

El chico apoyó sus brazos sobre la barra, y sus ojos y su expresión tomaron un irresistible aire seductor.

 

-¿Y cuales podrían ser mis intenciones? –bueno.... su voz también se había impregnado con aquel tono. Y Hiei pensó que la pregunta no necesitaba respuesta cuando aquel chico dejó viajar sus ojos a través de todo su cuerpo de una forma tan obvia que incluso él pudo notar. Y oh... ese tío no se lamió con malicia los labios a continuación ¡¿verdad?!

 

Hiei hizo una gran mueca de asco.

 

-Tú sabrás.

 

El chico resopló para si mismo.

 

-Está de malhumor hoy... –dijo para él, aunque las palabras fueron perfectamente audibles para Hiei.

 

-Pues ya puedes irte, porque no es nada excepcional. Mi humor no es cosa tuya.

 

-Y... ¿qué otras cosas de ti son cosa mía?

 

Vale... no se estaba poniendo nervioso. Pero si sentía una ira incalculable trepar por su ser y aquel tío tenía la mirada más lasciva en sus ojos.

 

-Ninguna –y apartó con el malhumor que sentía la taza vacía de café.

 

-Qué lástima. Estoy seguro de que hay mucho que ver.

 

¿Pero de qué iba ese tío? El deseo de lanzar su puño contra su cara cada vez era más intenso, y a pesar de que Kurama le había dicho que no había que agredir a los clientes... oh, que ganas tenía de agredir ese cliente.

 

-Nada que tenga intención de enseñarte -y su voz no pudo reprimir la indignación bajo la calma.

 

-Sigo diciendo que es una lástima.

 

Hiei gesticuló otra mueca, esta vez casi diciéndole con ella que podía abandonar sin ningún tipo de compromiso el bar.

 

-¿No querrás de verdad que me vaya?

 

-Hn... haz lo que quieras.

 

Kurama tenía que estar muy orgulloso de que siguiera con tanta fe sus consejos.

 

-¿Cuánta propina dejo?

 

-La que quieras.

 

-Mmm... quizás podríamos discutir el número adecuado mientras cenamos esta noche. ¿Qué dices?

 

-Que te olvides de la propina y te largues –bueno... no le había agredido. Exactamente...

 

-¡Joder tío! –pegó un golpe sobre la barra con el puño que hizo vibrar la cerámica- ¡Me dijeron que eras más fácil!

 

Hiei arqueó una ceja, en parte alegre de que el chico hubiera aprendido, más o menos, a hablar como las personas de nuevo y no cómo alguien demasiado sumergido en un recipiente de azúcar y lujuria.

 

-¿Quién?

 

-¡Tu amigo Yoshiaki!

 

-No conozco a nadie que se diga así.

 

El chico abrió los ojos como platos.

 

-Oye... tú no eres Kenji Harada, ¿verdad?

 

Hiei negó con la cabeza, lentamente y frunciendo el labio.

 

El chico pegó, literalmente, un salto sobre la silla.

 

-¿Este bar no es el “Pajarillos verdes Santos”?

 

-No, es el de al lado.

 

-¡Mierda! ¡Ya decía yo! –se levantó con prisa y lanzó unas monedas sobre la barra- eh... gracias por el café.

 

Se dio la vuelta y empezó a caminar hasta la salida. Pero justo cuando sus pasos se alejaban agradablemente de Hiei, volvió a encararle y a acercarse hasta él, colocando una mano en sus bolsillos y liberando de ellos una tarjetita.

 

Hiei frunció el ceño cuando el chico dejó el papel sobre la barra, justo ante él.

 

-Por si algún día necesitas de mis servicios...

 

-Qué patético –murmuró Hiei, y no fue para él.

 

-¡Tú espera a leerlo!

 

Y desapareció con vitalidad.

 

Hiei tomó el papel. Había un número de teléfono y una dirección. “Detective privado Yusuke Urameshi”

 

-Qué patético –la opinión acerca de aquel chico exactamente igual.

 

Y de nuevo juntó sus cejas en indignación mientras hacía desaparecer la pequeña tarjeta en las profundidades de la papelera.

 

~tbc~

 

 

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