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Título: Coffee Days.
Parejas: Kurama/Hiei, otras.
Warnings: Shounen-ai.
Disclaimer: YYH no me pertenece.
Notas: No sé vosotras qué pensareis, pero yo me lo pasé MUY bien escribiendo este capítulo. XD
3. Para qué engañarnos
Tan solo había una palabra para describir aquello: era una locura. Sentados en un bar casi sin iluminación, con la música a un volumen que los médicos tacharían de poco recomendable, y con una copa casi vacía delante realmente no parecía una locura, pero si le quitabas esos elementos lo era, y de lejos.
Pero erróneamente supuse que no había ningún problema mientras él no objetara. Por eso mismo seguí con la conversación que extrañamente él había iniciado.
-No puedes decir en serio que una rana es mejor animal de compañía que un sapo
-¿Por qué no puedo? –pidió, ofendido.
-Porque no son animales domésticos.
-¿Y eso lo has decidido tú, listillo? –preguntó con su ceño fruncido.
-Me temo que sí –le sonreí.
Y delante de mí empezó a sonreír, y a marearse porque por la cara que ponía no podía estar haciendo otra cosa, pero pese a eso la curva en sus labios engrandeció y no tardó ni dos segundos en poner su taburete sobre dos patas para inclinarse hacia mí, sin tocarme, mis latidos a cien, sin dejar de mirarme, mi respiración irregular, sin respirar, mi cabeza espesa, sin parpadear, sin vacilar y mi mente en blanco porque sólo veía su sonrisa lasciva y maliciosa y cercana que no dejaba de pedirme que hiciera algo con ella...
“¿Y qué otras cosas puedes decidir?”, esa fue su pregunta cuando colocó una mano sobre mi pierna y yo quería que siguiera subiendo, y “Esto” fue mi respuesta cuando le besé y quise tener razón, porque en realidad yo no estaba decidiendo nada de nada.
· · ·
Cuando Keiko le había dicho que le gustaría que la fuera a buscar a la salida del trabajo, antes de que ella fuera a la Universidad, Yukina ya había intuido que algo andaba mal. No que Keiko sólo la llamara cuando las cosas iban mal y necesitaba su ayuda, pero su tono había dicho todo lo que sus palabras no habían tenido tiempo de decir. Y encima seguía preocupada por lo que le acababa de confesar a su hermano en la cocina hacía un rato.
Y su expresión, cabizbaja y decepcionada, sólo había confirmado aún más los temores de Yukina.
-Hola Keiko.
-¡Hola! ¿a dónde quieres ir? ¿Algún lugar en especial?
-No, no... podemos ir sólo andando, si tú quieres.
-Uff, pues sí la verdad... y si no te importa, podríamos ir en dirección a mi casa, estoy muy cansada.
-De acuerdo.
Tomaron una calle hasta la plaza principal, y desde allí se adentraron por unos cuantos callejones que las llevarían a casa de Keiko.
-Bueno... supongo que sabes para qué he querido hablar contigo, ¿no?
-Pues no, lo siento... pero me imagino que algo no va bien.
-Bueno chica, tampoco es el fin del mundo –dijo con una pequeña carcajada, la cual Yukina contestó con otra menos sincera- Se trata de Kurama...
-¿Qué le pasa a Kurama?
-Nada grave, tranquila. Tú le conoces desde que sois pequeños, él toda la vida ha sido muy amigo de Hiei, ¿cierto?
-Sí, Kurama también es como amigo mío.
-Vale... pues no sé si habrás notado que Kurama, últimamente, está sufriendo un poco. Y yo creo que está sufriendo por Hiei.
-Mmm... yo había notado algo, pero no quería decirlo...
-Pues mira, yo pienso lo mismo. Y creo que deberíamos ayudarle.
-Yo lo siento mucho por Kurama, mucho... pero creo que a Hiei no le gusta Kurama. Es que yo esas cosas las noto con Hiei.
-Ya, si no hace falta ser su hermana para notarlo... está muy claro –dijo Keiko entristecida.
-Sí... pobre Kurama, me gustaría ayudarle.
-Bueno... yo he pensado que tal vez hay una manera de ayudarle, por eso quería hablar contigo.
-Dime, dime, yo haré lo que pueda por él.
-Es por esa calle –dijo, desviando momentáneamente la conversación- ... la idea sería hacer que conozca a alguien que le haga olvidar a Hiei.
-Mmm... pero es que yo no conozco a ningún chico que... mmm... es que no sé cómo...
-A ningún chico gay, Yukina, digamos las cosas por su nombre.
Yukina sólo permaneció en silenció con un leve rubor en sus mejillas.
-Sí, bueno, eso.
-Lo sé, lo sé... no es algo con lo que una se encuentra cada día. El caso es que yo sí conocí un chico gay el otro día.
-Oh, eso son buenas noticias, ¿no? –dijo Yukina con los ojos iluminados.
-Sí, claro que lo son... pero el problema es que se lo comenté a Kurama, y éste se niega a conocerle.
-¿Pero por qué?
-No tengo ni idea, el caso es que estoy indecisa. Bien podríamos engañar a Kurama para arreglarle una cita con ese chico y decirle que es otra cosa, pero no sé si me sentiría muy bien haciendo eso...
-Oh, creo que ya te entiendo. A lo mejor en vez de engañarle deberíamos tratar de convencerle.
Keiko sacudió la cabeza en negación mientras se detenían para dejar pasar un coche.
-Yukina, Kurama es muy testarudo. Lo dirá con educación, pero es determinado y nadie puede hacerle cambiar de opinión cuando ya la ha tomado. Y créeme que lo ha hecho.
-Ya... pues creo que entonces, aunque sea algo feo, no nos deja otra opción que engañarle.
-Es eso lo que yo he pensado. Pero quería comentártelo, sólo para asegurarme de que realmente no es algo muy diabólico –dijo Keiko rodando los ojos, cansada.
Yukina le sonrió tranquilizadoramente mientras se detenían en la puerta del piso de Keiko.
-No, no, no te preocupes. Lo máximo que puede pasar es que al final a Kurama no le guste el chico y pase una noche un poco aburrida. En cambio, también podría gustarle mucho, ¡imagínate entonces! ¡Se pondría contento! –añadió con una sonrisa muy bonita y sincera.
Keiko frunció el ceño débilmente y lo consideró durante unos segundos más. Keiko quería mucho a Kurama, y su situación no era justa, y como acababa de decir Yukina, lo más grave que podía suceder era que Kurama se aburriera. Pensó con una sonrisa que aquello podría encajarlo. Suspiró.
-Está bien, sube y lo planeamos mientras te invito a una taza de té.
Yukina aceptó encantada con una sonrisa.
· · ·
Hiei tocó en la puerta de Kurama a las ocho y dos minutos, sus latidos retumbando en sus oídos por los nervios que seguían persistentes en su cuerpo. Aquello era agotador.
Kurama abrió la puerta delicadamente y le recibió con una sonrisa cordial, como siempre.
Aquello le tranquilizó un poco.
Cuando entró en la sala de estar se encontró los dos sofás y le mesita retirados dejando un especio considerable en el centro y a Kuwabara y Botan sentados en el suelo con unas cuantas velas jugueteando en sus manos, los dos ansiosos. Al verle entrar alzaron la cabeza ilusionados, pero volvieron a bajarla con decepción al ver que era él. Kurama no dijo nada y se sentó en el centro de la sala con Kuwabara y Botan.
-Sí, claro, yo también me alegro de veros –dijo Hiei con sarcasmo antes de sentarse él también.
-Pensábamos que ya serías el detective. Se está retrasando.
-Sólo son las ocho y tres minutos, Botan. Es imposible ser tan preciso.
-Tu lo eres –dijeron los otros tres al unísono, y Hiei hizo una mueca ante tal asquerosa compenetración.
Kurama pareció avergonzado, pero de forma divertida, pensó Hiei.
-Sí, bueno... ...gracias.
Silencio. Nadie parecía estar de humor como para hablar. Hiei sólo esperaba que la tontería esa del espiritismo se acabara rápido para así poder hablar con el detective y pedirle lo de Yukina. No, pedirle no, ordenarle. Hiei le echó un vistazo a Kuwabara.
-¿Qué pasa, Hiei?
-Nada. Calla.
-¡Cállate tú!
-...
-Síiiii, vaaale, estás callado.
Hiei pensó que Kurama tal vez tenía razón. En realidad desearía que el novio de Yukina fuera Kuwabara, pero sólo porque entonces le tendría más cerca para poder darle la paliza que se merecía.
-¡¡Dios, chicos!! ¡Esta espera me matará! –rompió Botan el silencio y la agradable reflexión de Hiei, cómo no.
-Tranquilizaos, no puede tardar mucho...
Ding, dong!
-¿Lo veis? –dijo Kurama con una amplia sonrisa mientras se levantaba para abrir.
-Hola, Kurama. ¿Estás preparado?
-Sí, claro... –vaciló un poco Kurama.
A Hiei le sonaba bastante la voz del tío ese, pero tampoco le dio mucha importancia.
-¡Dios, pero qué poca ambientación hay aquí! ¡Este salón debería estar a oscuras ya y esas velas deberían estar encendidas! –dijo el tío al entrar en la sala.
Ante tales palabras engreídas, Hiei se dio la vuelta para, como mínimo, echarle una mirada asesina a ese tío, pero se encontró con que no le sería tan fácil.
-Oh, mierda, eres tú.
-¡¡Hiei!! ¿Conoces al detective? –chilló Botan, y nadie entendió porqué chilló exactamente.
Kuwabara se rió un poco por la situación y Kurama miró a Hiei, luego al detective y luego a Hiei otra vez antes de optar por una expresión curiosa que esperaba la continuación
-¡Vaya! –exclamó el mencionado detective- ¡Pero si es el chico que no es Kenji Harada! ¿Qué tal?
-Estaba mejor hace unos segundos.
-Oh... qué desagradable... –dijo el otro, riéndose.
-Mmm... tome asiento, por favor –le indicó Kurama al tal Yusuke, rompiendo el incómodo silencio.
-Sí, sí, claro.
Yusuke se sentó en el suelo y les indicó a los otros que formaran un círculo con él como referencia, y Hiei obedeció de mala gana.
Apagaron pronto la luz del salón y encendieron las velas, el detective tratando de crear una atmósfera misteriosa mientras Hiei sólo tenía más y más ganas de marcharse. Ya tenía bastante con tener que tragarse la sesión esa, ahora sólo faltaba que el detective que quería para su hermana fuera un tío que se le había insinuado.
Kuwabara hasta parecía reírse de una forma madura de todo el asunto, aunque Hiei sabía muy bien que cuando empezaran sería el primero en aterrorizarse y unirse a la histeria de Botan. Ella parecía como poseída, estaba más nerviosa de lo normal y no paraba de mirar a su alrededor inquieta, expectante y ansiosa. Y Kurama... Kurama estaba muy raro. No era que Kurama fuera tremendamente hablador, pero siempre estaba diciendo una cosa u otra, pero no hoy. Parecía realmente lejano a todo lo que estaba pasando, estaba ahí, pero era como si no.
Pero bueno.
-En fin, creo que ya estamos preparados. –empezó Yusuke- Tenemos que darnos todos las manos.
Procedieron a darse las manos, y sólo entonces Hiei notó lo frías que estaban las de Kurama. Estuvo a punto de decir que el jodido de Kurama era el puto fantasma y que no hacía falta que buscaran, pero a lo mejor la idiota de Botan no entendía que era una broma y luego ya la habríamos liado.
-Bien. Quiero que todos cerréis los ojos y os concentréis –les ordenó, y todos le hicieron caso.
-Señor Urameshi... –empezó Botan.
-¡Shhhh! ¡Señorita, cállese!
-Mmmm...
-¡Shhh!
-Esto será rápido, ¿no?
Hiei rodó los ojos y Kuwabara soltó un resoplido divertido mientras Urameshi negaba con la cabeza.
-Botan, tranquila, estamos todos aquí y no dejaremos que te pase nada. –dijo Kurama tranquilizadoramente.
-Gracias, Kurama –sonrió Botan.
-¡¡Venga, venga!! ¡Quiero empezar ya! –exigió Kuwabara divertido.
-Sí, coño, y yo quiero acabar ya –intervino Hiei.
-Bien –dijo al final el detective- Como iba diciendo... cerrad los ojos y concentraos.
Hiei respiró hondo un par de veces para calmarse, pero a pesar de lo que pudiera parecer él no trataba de dar con el fantasma que había en el piso, él sólo quería apaciguar un poco sus nervios para no acabar pegando a alguien, realmente necesitaba relajarse. ¿Era así como se sentían los fumadores cuando tenían mono? Tal vez debería fumar.
-Oh gran espíritu que resides en esta casa... –empezó Urameshi con una voz fantasmal y misteriosa, y Hiei notó como Kurama hacía un ruidito muy extraño al aguantarse la risa. Eso le robó una sonrisa a él también. Dios, que patética era toda la escena.
-Por favoooorr... muéstrate ante nosotros esta noche, y cuéntanos tus pesares...
Oh, dios. Sí, tenía que pensar en otra cosa. Fumar. Tenía que pensar en que a partir de ahora fumaría, sí.
-Espíritu sabio, espíritu maligno... ¡muéstrate ante nosotros!
¡Iba a pegarle! Tenía unas ganas locas de hacerlo, y no era la primera vez. Debió de apretar con más fuerza la mano de Kurama, porque este le devolvió un apretón inquisitivamente.
-Nada, nada –dijo Hiei, pero sin abrir los ojos.
Urameshi se calló, y entonces Hiei sí abrió los ojos para ver qué era lo que estaba pasando. Lo que más le sorprendió fue la expresión de su cara. Parecía como si realmente le hubiera pegado.
-¿Pero qué coño haces?
-Pues hablar, gilipollas.
-¿Y a ti quien te ha dicho que se puede hablar en una sesión de espiritismo? –le pidió con repelencia.
-Oh, perdona, no sabía que había reglas para esta mariconada que estamos haciendo.
-¡Hiei! ¡No le digas mariconada! Esto va a hacer que yo pueda dormir de nuevo por las noches, ¿no lo entiendes? –dijo Botan, preocupada.
Hiei rodó los ojos.
-Pues está bien, sigamos entonces –y le mostró una sonrisa rencorosa al detective.
-Ehem. Oh gran espíritu que aquí resides... perdona nuestra rudeza y muéstrate...
Nada.
-Si oyes nuestro llamamiento, por favor, envíanos una señal...
-...
-...
-...
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!
La tele se había encendido.
Kuwabara empezó a reír como un loco, Urameshi sonrió con satisfacción, Hiei rodó los ojos y se puso una mano en la frente, Botan empezó a gritar como una histérica y a cogerse con desespero al brazo de Kuwabara, que se retorcía en carcajadas. Kurama trataba inútilmente de tranquilizarla.
-Botan, eso habrá sido...
-¡¡Un fantasma!! ¡¡Eso habrá sido un fantasma, Kurama!!
-Botan... una subida de tensión...
-¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡Eso ha sido un fantasma!!
-¡¿Pero no era eso lo que querías, estúpida?! –pidió Hiei con desespero.
-¡¡Hiei!! ¡¡¡Un fantasma!!!
-¡Señorita! ¡Cálmese o lo va a asustar!
-¡Él me ha asustado a mí!
-¡¡Jjajajajajajaj...!!
-¡Botan!
-¡Estúpida!
-¡Señorita!
-Ahhh... vale... –dijo ella con un hilo de voz y se encogió un poco, aún abrazada al brazo de Kuwabara, que ahora simplemente sonreía.
-¡Ehem! –siguió el detective- Dinos, espíritu, qué es lo que te retiene en esta casa...
-...
-...
-...
-...
-Por favor, espíritu, deja que sanemos tu mal...
El tío tenía los ojos cerrados y pronunciaba las palabras con una solemnidad impresionante, Hiei ahora ya estaba seguro del todo de que Urameshi se lo creía, era imposible que fuera tan buen actor y no estuviera en Broadway.
Pero el espíritu seguía sin decir ni mu.
-Está muy callado, ¿no? –dijo Kurama con toda su mala leche, esa que sólo Hiei le notó.
-Es que es muy tímido, Kurama –respondió él, y su mala leche la notaron todos.
-Shhh... callaos y escuchad.
-Oye tío, ¡aquí no hay...! –empezó Kuwabara, pero se calló de súbito mirando algo que había detrás del detective.
-¿Y ahora qué pasa, estúpido? –preguntó Hiei, impaciente, pero Kuwabara no contestó. En su rostro se veía el clarísimo debate interno que estaba teniendo entre perder la calma y gritar o simplemente reír ante todo aquello.
-Oh...
Sólo cuando Kurama manifestó su admiración, Hiei, Botan y el detective se dieron la vuelta para ver cómo se había abierto la ventana que había detrás del sofá. Pero lo más curioso no era que se hubiera abierto, lo más curioso era que hacía el movimiento de cerrarse de nuevo y luego se volvía a abrir, y a cerrar, y a abrir, ...
Qué bien, ahora una ventana se está quedando con nosotros.
-¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAHHHHH!!!!!!!
-Vaya, la gran cosa. Una ventana. Pues vaya fantasma más cutre.
-Cállate... enano... –dijo Kuwabara ensimismado mirando la ventana.
-¡A callar todos! Ahora concentraos o se marchará de nuevo, tenemos que aprovechar ahora que está...
-Diossssss... –dijo Botan, y la pobre estaba asustadísima.
-Botan, tranquila.
-Oh gran espíritu... manifiéstate y dinos qué te retiene aquí... por qué no dejas a esta gente vivir en paz en su casa...
-...
-Venga coño, fantasma de mierda, que no tengo todo el día. ¡¡¡Ouch!!!
-¡Hiei! ¿Qué te pasa?
Hiei puso una mano en su cabeza al notar como algo parecido a una piedra le caía en la cabeza, y reprimió el impulso de mirar hacia el techo para no parecer un idiota, en vez de eso reclamó una explicación.
-¡Vale! ¿Quién ha sido el graciosillo?
-¡¡Dios!! ¡El fantasma ha atacado a Hiei!
-Kuwabara, por favor.
-Hiei, estamos todos cogidos de las manos, ¿quien quieres que te lo haya hecho?
-Botan, los putos fantasmas no pegan a nadie porque no existen ¿Vale?
-A lo mejor si no le faltas al respeto y seguimos con esto podremos saber qué pasa –dijo el detective con malicia, y volvió a cerrar los ojos.
Cuando se aseguró de que todo el mundo estaba de nuevo con los ojos cerrados, Hiei miró a su alrededor y al techo, pero no vio nada. Volvió a cerrar los ojos.
-Oh gran espíritu...
¡Ding dong!
Todos pegaron un salto cuando el timbre de la puerta sonó estrepitosamente, y si no hubiera sido porque sabía que era imposible, Hiei habría jurado que había sonado más alto de lo normal. Kurama fue el que se atrevió a levantarse y a ir a abrir la puerta. Desapareció por el pasillo.
-¿Pero a quien se le ocurre venir ahora aquí? –preguntó Botan irritada.
-Señor Urameshi, ¿Le había pasado antes algo similar? –pidió Kuwabara, sus risas definitivamente olvidadas y sus nervios a flor de piel, al igual que su miedo.
-Hombre... eso sería difícil de contestar, señor...
-Te está engañando para que te asustes, Kuwabara.
-Oh, Hiei, cállate.
-¡Kurama! ¿Quien era? –preguntó Botan cuando Kurama llegó, la oscuridad cubriendo la expresión de su rostro.
-Se habrán equivocado, no había nadie.
-¡¿Qué?!
-¡Eso es el fantasma!
-¡Vamos por buen camino, caballeros!
Kurama no tuvo tiempo de sentarse de nuevo, y Hiei no supo si lo que le hico reaccionar y pegar un salto fue el grito de Botan o el hecho de que la luz de la cocina se encendió sola. Hiei ya no sabía qué pensar... no era que tuviera miedo, pero coño...
-¡¡¡Aaaaahhhh!!! ¡¡Échelo, señor Urameshi, échelo!!
-Oh, por dios –soltó Kurama, y sin estar asustado en lo más mínimo se acercó hasta la cocina y apagó la luz sin miramientos- Voy a la desván a ver qué pasa con la corriente. Entre esto y el televisor...
-Señor, permítame que le sugiera que no se trata de la corriente, sino del espíritu que intenta...
-Iré a comprobarlo de todos modos, gracias –dijo Kurama con una sonrisa amable.
-Voy contigo –dijo Hiei rápidamente ante la idea de quedarse solo con esos pirados.
-Bien.
Los dos salieron del piso y empezaron a subir las escaleras oscuras del bloque de pisos hacia el desván, donde había los diferenciales de cada piso. De vez en cuando se oía algún que otro grito de Botan o Kuwabara. Anduvieron en silencio, y no fue hasta que estuvieron en el séptimo piso que Hiei habló.
-Kurama... ¿de dónde coño habéis sacado al detective odioso ese?
Kurama resopló casi imperceptiblemente.
-Coses de Botan.
Hiei no contestó nada más y siguieron subiendo en silencio hasta llegar al desván, donde Kurama forcejeó un poco con la vieja y oxidada puerta antes de poder abrirla. Cogió un par de linternas del armario en la entrada y le acercó una a Hiei, quien la cogió sin pensarlo un instante y la encendió.
Ante la luz repentina, Kurama se dio la vuelta para mirar inquisitivamente a Hiei, quien sólo se encogió de hombros con malhumor.
-¿Qué pasa?
-Nada, nada... –dijo Kurama.
-Yo no tengo miedo, eh.
El pelirrojo se rió.
-No he dicho que lo tengas, Hiei.
-Bah, cállate.
Hiei registró el sitio con la mirada y la linterna, curioso. Cualquier cosa era mejor que estar ahí abajo con esos zumbados, y cuando vio que Kurama se tomaba con mucha calma su inspección pensó que tal vez los dos estaban haciendo lo mismo ahí arriba. Eso le hizo sentir simpatía por Kurama. Más simpatía, no era que no sintiera simpatía por él. Era su amigo. Y por los amigos se siente simpatía.
Sí, eso.
El caso era que a lo mejor Kurama estaba siendo un poco más lento de lo que debería, porque estaba clarísimo que Hiei no tenía miedo pero estar en un desván oscuro lleno de rincones con trastos cuando a cuatro pisos por debajo estaban pasando cosas muy raras no era su idea exacta de tranquilidad. No, no estaba tranquilo. Para nada.
Por eso mismo, cuando Botan desgarró sus pulmones con vehemencia en un último grito de histeria, y los plomos echaron una chispa enorme en la mano de Kurama, quien retrocedió sabiamente, Hiei no pudo evitar soltar un ¡¡Mierda!!, saltar del espanto como poseído por alguna alma cobarde y dejar caer su linterna en el suelo.
Pasaron unos momentos de silencio antes de que Kurama le enfocara con su linterna.
-¿Quéeeee? ¡Deja de enfocarme con eso!
-Tienes miedo –no le vio, pero su voz burlona le llegó perfectamente.
-¡Cállate, coño!
Oyó como Kurama se reía suavemente mientras él se agachaba a recoger su linterna.
-¿Qué cojones ha pasado?
-Lo que me temía... –murmuró Kurama mientras se levantaba de nuevo y se sacudía los pantalones llenos de polvo- Esto está trucado, ese detective nos ha estafado, por como ha saltado el diferencial en el piso se deben de haber empezado a encender y apagar todas las luces de la casa como locas... pobre Botan.
Hiei se sintió estúpido, muy, muy estúpido. Claro que aquello sólo lo sabría él, y a lo mejor Kurama, porque era listo, pero...
-Una palabra y te mato –le advirtió mientras empezaba a salir del desván.
-¿Una palabra de qué? –fingió el otro, inocente.
-Kurama, por favor.
-Oh, entonces, ¿tenías miedo?
-¿Vas a callarte? –le espetó cuando los dos ya estaban de nuevo en la escalera y Kurama cerraba la puerta del desván, luciendo una sonrisa enorme.
-Sólo si lo reconoces.
-¿Si reconozco que voy a matar a Urameshi? Pues sí, voy a hacerlo.
-Hiei...
-...
Kurama suspiró audiblemente y Hiei supuso que se había resignado cuando ya no insistió más, pero el hecho es que Hiei sabía que el pelirrojo seguía sonriendo aunque no le viera, simplemente le conocía demasiado bien. Era como si casi pudiera ver su expresión, divertida y plácida. Seguramente debía estar bajando las escaleras con las manos en los bolsillos y andando con suficiencia disimulada. Precisamente por eso, porque sabía que Kurama no necesitaba oírlo de su boca, cuando estuvo de nuevo enfrente a la puerta del piso, Hiei se dio la vuelta y le miró, frunció el labio y sacudió la cabeza como si el otro pudiera leerle la mirada y cuando finalmente Kurama alzó las cejas, fingiendo desconcierto, Hiei escupió.
-Tenía miedo.
-Vale –dijo Kurama, sonriendo.
-¿Vale?
-Sí, vale –Kurama se encogió de hombros fingiendo indiferencia y cuando Hiei le frunció el ceño con malhumor se permitió cogerle de los hombros riendo y hacerlo entrar en el piso.
~tbc~