"Cofee Days"
Por Sanasa

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Resumen: Toda vida tiene sus cosas, ¿no Hiei? Está el trabajo, el amor, los amigos, la familia... ¿y los detectives? Sí, esos también. (yaoi, KuramaHiei)

 

 

 

 

 

 

Título: Coffee Days.

 

Parejas: Kurama/Hiei, otras.

 

Warnings: Shounen-ai.

 

Disclaimer: YYH no me pertenece.

 

Notas: Siento la tardanza! *perdónperdón* Muchas gracias por leer y por dejar comentarios, porque son la parte más gratificante de escribir. Enjoy!

 

 

 

 

 

 

4. Con dos o con tres, ellos siguen adelante

 

                -Verás... resulta que cuando eres bajito la fortuna no te sonríe, ¿sabes?

 

                -¿En serio? De verás que lo siento.

 

                -Kurama... –hipo- no te rías de mí, ¿vale?

 

                -No puedo evitarlo, sabes tan bien como yo que la fortuna no se ha portado mal contigo.

 

                -¿Ah no? ¿Crees que no? ¿De verás crees que no?

 

                -Sí, creo que no.

 

                -¡Soy bajito!

 

                Me encogí de hombros.

 

                -Pero tienes un buen culo.

 

                La boca de Hiei se abrió pero ninguna palabra surgió de ella, y poco a poco en esa expresión atontada empezó a dibujarse un atisbo de lucidez, de compresión, porque empezó a reírse con ese aire de complicidad que nos había envuelto esa noche. Yo ya había notado desde hacía rato esa conexión extraña que había aparecido entre nosotros.

 

                -Esa ha sido buena. ¡Vamos a brindar!

 

      -¿Brindaremos por tu culo?

 

Hiei dejó de sonreír, y su voz fue clara y tan profunda como el mismísimo océano.

 

                -No... brindaremos por tu ingenio y tu labia, porque son admirables y no te lo digo lo suficiente.

 

                Fue una descarga eléctrica lo que recibí en ese instante. Me habría gustado poder parar el tiempo, poder atrapar aquellas palabras con las manos y guardarlas y enterrarlas para nunca tener que dejar de oírlas, oírlas para siempre, para siempre en mi cabeza como un eco que se alarga hasta la eternidad. Pero en vez de eso alcé la copa con una sonrisa impecable y dejé que el alcohol hiciera el resto.

 

                -¡Salud!

 

 

 

· · ·

 

 

Yusuke Urameshi suspiró pesadamente mientras esperaba el ascensor en la planta baja del edificio donde irremediablemente tenía que ir cada día a trabajar. Ya sólo faltaban tres pisos, dos, uno...

 

Clinc.

 

Entró sin pensar en el ascensor como cada mañana, saludando a los que habían en él, no dejó de mirar los números hasta que se detuvieron en la planta cinco como cada mañana, saludó a la secretaria de detrás del mostrador como cada mañana, se fue hasta su despacho a dejar su mochila y sus cosas como cada mañana, se sentó en su silla y dio un par de vueltas en ella porque seguía siendo cara y lujosa como cada mañana, tomó un café largo y cargado como cada mañana, y como cada mañana su jefe no tardó en aparecer por la puerta con cara de pocos amigos.

 

-¡Urameshi! –soltó al entrar, bruscamente.

 

-¿Sí, señor?

 

-¿Qué pasó ayer? He revisado las cuentas y no está ingresado el dinero del encargo que recibiste ayer.

 

-Mmmm, sí, claro... –empezó Yusuke, sin saber muy bien por donde empezar.

 

Una tía loca le había pedido que le quitara unos fantasmas inexistentes de casa, él había tratado de engañarla a ella y a sus amigos trucando la corriente y recurriendo a trucos estúpidos como ventanas atadas a un hilo, uno de los amigos resultó ser inteligente y se dio cuenta de que todo era una estafa, y, cabreados como locos, todos se negaron en redondo a pagarle. Era una gran historia, pero Yusuke tenía sus dudas sobre si todo lo que él había hecho era puramente legal, de modo que...

 

-Podemos dar gracias de no tener una demanda.

 

Aquello no le pareció gustar al jefe.

 

-¿Qué estás diciendo, Urameshi? –le preguntó, su voz peligrosa.

 

-Pues verá... –Yusuke añadió una carcajada nerviosa para suavizar la situación, pero lo único que consiguió suavizar, si le apurabas, fue su garganta, porque el jefe no quitó esa cara de perro asqueroso a punto de morder a un niño pesado que le ha despertado durante la siesta.

 

Qué gracioso, casi podía ver al típico perro de los dibujos animados que estaba atado pero al final siempre acababa desatado y persiguiendo al protagonista que...

 

-¿Urameshi? ¡Estoy esperando!

 

-¡Ah! Sí, claro señor. Verá... resulta que los clientes no quedaron nada satisfechos con mi servicio, y no quisieron pagarme.

 

Él arqueó las cejas y su bigote se arrugó visiblemente cuando frunció el labio, y con su voz grave y contundente pronunció las palabras mágicas.

 

-¿Qué encargo era?

 

Yusuke aguantó la respiración.

 

-... una sesión de espiritismo, tenía que echar a un fantasma de una casa.

 

El jefe no dijo nada, sólo siguió mirándole arqueando un poco más las cejas, sin hablar, y Yusuke seguía sin respirar.

 

Se cruzó de brazos y le miró severamente, pero no estaba diciendo nada y Yusuke ya no sabía cuanto tiempo más aguantaría sin respirar antes de que el viejo de mierda hablara.

 

No, no, nada de respiración por ahí...

 

-¿Señor?

 

-Coño, Urameshi, ¡respira! –le dijo al final, abriendo sus brazos enfadado- ¡Lo último que quiero es que te me mueras aquí!

 

No, claro, el cabrón quería matarle él mismo.

 

-¿Pero tú qué cojones te has creído? ¿Que mandamos pitonisas a domicilio? ¡Esta empresa es seria, Urameshi!

 

¿Entonces por qué me has contratado, viejo?

 

-Sí, señor, lo sé...

 

-¡No puedes ir aceptando casos que sabes de antemano que no vas a poder solucionar, porque, coño, no me digas que esperabas ver un fantasma!

 

Fantasma lo serías tú si la ley me permitiera acabar contigo.

 

-No, señor, claro que no...

 

-¡¡Haces que nuestra empresa parezca un chiste de mierda!!

 

Para eso ya estás tú, gilipollas.

 

-Sí señor, lo siento...

 

-¿Me explicas qué vas a hacer ahora? ¿Tratar de encontrar vida inteligente en el espacio?

 

Primero lo intentaré aquí en mi despacho. No, aquí no hay.

 

-No, señor, claro que no... de hecho...

 

-¿De hecho qué? ¡¿Ya lo has intentado?!

 

-¡No! –dijo al final, un poco más alto de lo que le habría gustado, pero el jefe sólo frunció el labio con sus brazos cruzados de nuevo y esperó a que hablara- De hecho, tengo otro encargo de uno de los chicos de ayer, y éste puedo hacerlo.

 

Arqueó las cejas, pero su tono era definitivamente diferente.

 

-¿Qué trabajo es?

 

-Tengo que espiar a una persona y averiguar quien es su amante.

 

-¿Un caso de infidelidad?

 

-No, no, sólo un hermano sobreprotector. Y si alargo el trabajo fingiendo que no encuentro nada de valor, puedo llegar a sacar mucho dinero de esto. Incluso compensar el que perdí en el encargo de ayer.

 

El jefe pareció pensarlo unos instantes, los latidos de Yusuke a cien mientras esperaba la sentencia de ese hombre con barba que no hacía más que clavarle sus ojos grises y feos tan hondo como podía, y cuando llegó su voz, pareció la de otra persona, porque realmente su jefe cambiaba cuando estaba complacido.

 

-Está bien, Urameshi. Bien, bien. Empieza ya y quiero ver resultados pronto. Venga, a trabajar.

 

-Sí, señor.

 

Y con eso se largó por fin de su despacho y Yusuke vio por las paredes de cristal como iba a hablar con la secretaria  y se olvidaba de él.

 

El chico dejó caer la cabeza entre sus manos, resoplando lo más audiblemente que pudo para descargar algo de su tensión. Odiaba tanto a su jefe, que podría escribir un extensísimo ensayo exponiendo todas las cosas feas que le gustaría hacerle, y eso, viniendo de él, sería mucho.

 

Terminó de beber su café, que ya estaba frío, y mientras suspiraba le dio las gracias mentalmente a ese tal Hiei con una sonrisa.

 

 

· · ·

 

 

-Te toca, Kuwabara.

 

-Sí, sí, ¡voy!

 

-Baja de las nubes, ¿en qué coño estás pensando?

 

-En el día en el que te arranque la cabeza un bisonte de ocho patas con ventosidades.

 

-Kurama, ¿ya le has estado enseñando vocabulario otra vez?

 

-Oh, por favor, dejad de discutir y jugad.

 

-Este vicio tuyo por jugar es preocupante, Kurama.

 

-Yo también lo creo, eres uno de esos... ¿cómo se les llama?

 

-¿Un ludópata?

 

-Hay que ser tonto. Pero tonto, tonto.

 

-Ja, ja, qué gracioso, Hiei.

 

-¿Quién está riendo?

 

-¿Podéis parar?

 

-Kuwabara, ¿me lo parece a mí o Kurama se está enfadando...?

 

-No me estoy—

 

-Sí, sí, tienes razón, mira qué juntas tiene las cejas...

 

-No me miréis así.

 

-¿Así cómo, listillo?

 

-Así.

 

-¡Kurama está enfadado! ¡Este es un evento importante! ¡Un hecho histórico, Hiei!

 

-En serio, últimamente te has estado leyendo un diccionario o...  ¡¡Kurama!!

 

-¿Qué? ¿Qué pasa, Hiei?

 

-No, no, ¡nada de risitas! ¡Hay menos cartas en el pilón!

 

-¿En serio?

 

-¡Oh, mierda! Con el cuento del enfado has...

 

-¡Hiei tiene razón, antes aquí había más cartas!

 

-Qué cosas tiene la vida, ¿no chicos?

 

-Vale. Decidido. No vuelvo a jugar al póquer contigo.

 

 

 

· · ·

 

 

 

 

Botan había oído a Kurama decir un día que a veces había una diferencia muy grande entre lo que se decía y lo que se pensaba.

 

Se lo dijo un día a Hiei en casa, estaban en el salón y ella oyó la conversación desde la cocina, distraída hasta entonces. Le parecieron interesantes las palabras del pelirrojo y se acercó un poco a la puerta para captar sus voces, Hiei respondió algo acerca de los prejuicios sociales que ella no oyó muy bien y Kurama le dijo que sí, que tienes toda la razón Hiei, y que no es justo, y Botan ni siquiera estaba segura de si las palabras habían sido exactamente esas porque no lo oía bien y al fin y al cabo tampoco le interesaba tanto.

 

De lo que sí estaba segura era del tono con el que Kurama había pronunciado la frase, porque había una solemnidad irreverente en su voz muy impropia de él que se quejaba de una verdad no pronunciada y que no dejaba lugar a discusiones, y Botan quedó impresionada.

 

Kurama era listo. Y lo que decía Kurama era verdad. Kurama decía verdades muy grandes.

 

Por eso mismo siempre se sentía tan desconcertada en ocasiones como aquella, cuando realmente deseaba que hubiera mucha diferencia entre lo que ella decía y lo que pensaba para que sus palabras no le trajeran problemas, grande problemas. Y siempre fracasaba. Por eso tenía miedo en ese momento, porque estaba segura de que aquellas palabras le traerían problemas.

 

-¿Estáis seguras? –les preguntó a sus compañeras de trabajo susurrando.

 

-Sí, Botan, estamos segurísimas, nos lo contó la misma Azusa.

 

-Pero... ¡me extraña mucho! –dijo ella reflexionando- No creí que el jefe fuera de esos.

 

No, Koenma no era de esos. Koenma no era ni cariñoso ni alentador ni nada, pero era un hombre tremendamente correcto, y le costaba de creer.

 

-Ya, Botan, siempre lo ocultan muy bien, ¿sabes? –le aseguro Suzume, una chica increíblemente eficiente que siempre llevaba su pelo negro recogido en una cola de caballo.

 

-¿Pero por qué tienes que creértelo?

 

-¡Yo me creo antes a Asuza que al jefe, la verdad! –intervino Yukari, otra de las chicas que trabajaba en la redacción- ¿Tú no, Botan?

 

-¡Claro que me creo antes a Azusa! –se apresuró a decir, porque era verdad- Pero simplemente me cuesta mucho creerlo... a mí el jefe me gusta.

 

Ellas aspiraron aire exageradamente y se cubrieron la boca.

 

-¿Te gusta el jefe? –preguntó Yukari mientras soltaba una risilla asquerosa.

 

-¡No me gusta el jefe en ese sentido! ¡Lo que pasa es que...!

 

-Botan.

 

Ella levantó la vista, asqueada. No le gustaba que la interrumpieran mientras hablaba. Pero bueno, esta vez haría una excepción y no replicaría, porque quien la estaba llamando no era ni más ni menos que el propio Koenma, que estaba en la puerta de su despacho con los brazos cruzados y la miraba como si le debiera dinero.

 

Un momento, ¿le debía dinero al jefe? Ah, no, no, no. Uf. Qué susto.

 

-¿Si, señor?

 

-¿Puedes venir a mi despacho un momento?

 

-Sí, sí, claro.

 

-Bien.

 

Suzume y Yukari intercambiaron un par de miradas muy extrañas y con sus cejas alzadas en un gesto de escepticismo dirigieron de nuevo su atención a los ordenadores que tenían en frente y que esperaban que ellas les utilizaran. La pura corrupción de la maquinaria sedienta de atención, pensó Botan.

 

Con un suspiro se levantó dirigiéndose hacia el despacho de Koenma, y la voz de Suzume fue a penas un inaudible susurro:

 

-Mantén la falda y las bragas en su sitio, amiga.

 

 

· · ·

 

 

Kurama levantó la mirada para repasar una vez más que no hubiera nadie en el local que reclamara la atención de alguno de los tres, sintiéndose algo culpable por aquel descanso improvisado e injustificado que habían tomado para jugar a cartas en medio de la barra del bar. Kuwabara decía, con humor, que cuando no había clientes no tenías que preocuparte porque aquel día no ganarías dinero, sino que tenías que estar contento porque tenías tiempo libre.

 

Pero Kurama no lo veía así. Si no había gente en el bar, no había dinero, y si no había dinero las cosas se complicaban. Él tenía una madre a la que pedir dinero si las cosas iban mal, aunque esa opción le disgustara enormemente y antes que recurrir a eso extinguiría todos sus recursos, pero Hiei y Kuwabara no tenían esa suerte. Por eso no entendía muy bien esa despreocupación de Kuwabara, no sabía si era una madura defensa contra la obviedad de su situación, o si simplemente era inconsciencia.

 

Y Hiei... bueno, Hiei gruñía. Hiei gruñía y ya está. Hiei... ¿qué podía decir de Hiei? A parte de que estaba repitiendo su nombre mentalmente más veces de lo que una persona normal lo haría, claro estaba.

 

Hiei era como un misterio muy grande, a veces. Porque aún entendiéndole mucho mejor que la mayoría, había momentos en los que ni él sabía si esa indiferencia suya era una tapadera, o si simplemente todo le resbalaba tanto como aparentaba.

 

Por desgracia, eso hacía que Hiei le gusta—

 

-¡¡Buenos días, gente!!

 

-Pse, Urameshi.

 

Hiei tiró sus cartas de mala gana sobre la barra, declarando que no iba a jugar más en su presencia, y Kurama y Kuwabara parpadearon unos instantes mientras veían a Urameshi acercárseles con una sonrisa.

 

-¿Qué tal? –dijo Kurama al final con una sonrisa.

 

-Bien, bien.

 

-¿Quieres algo? –le espetó Hiei con indiferencia.

 

-¡Eh! ¿Qué hace este tío aquí otra vez? –pidió Kuwabara.

 

-¿Es que no está al corriente de las cosas vuestro amigo? –pidió el detective con suficiencia, sentándose en un taburete.

 

-¿De qué cosas habla?

 

-Kuwabara, ahí hay unas chicas que...

 

-Vale, vale, ya pillo la indirecta.

 

Por suerte, justo en ese instante habían entrado un par de chicas para distraer a Kuwabara, aunque el chico lo hubiera notado, Kurama había podido disimular bien.

 

Hiei suspiró un poco cuando Kuwabara se hubo alejado, y él y el detective se miraron unos instantes, uno cansado, el otro pícaro. Y el caso era que Kurama notaba una tensión en el aire que no era normal, porque la verdad era que ese Urameshi era muy raro y parecía como si Hiei fuera a cansarse de sus jueguecitos y a meterle una ostia de una vez. O tal vez no era eso. Tal vez era algo que no entendía.

 

Hn. A Kurama no le gustaba no entender las cosas.

 

-Bueno, ¿qué? –dijo Hiei al final, alzándole las cejas al detective.

 

Yusuke rompió el contacto visual con Hiei para mirar a Kurama. Volvió a mirar a Hiei. A Kurama. A Hiei. A Kurama. A Hiei.

 

El pelirrojo finalmente lo entendió –lento Kurama, hoy eres lento- y soltó una disculpa mientras se daba la vuelta para marcharse, tal y como había hecho Kuwabara, pero no.

 

-Él se queda –sentenció Hiei con dureza sin dejar de mirar a Yusuke, y el pelirrojo se habría conmovido si no hubiera sido porque venga, ya eres mayorcito, Kurama, aprende a estar en tu sitio.

 

-Gracias, Hiei.

 

-Bien, bien, como quieras. Son tus asuntos, no los míos... –dijo el detective con una sonrisa.

 

-¿Tienes algo, o no?

 

-De hecho sí –engrandeció su sonrisa, metió una mano en su bolsillo y sacó un papelito.

 

Kurama observaba callado, dejando que aquello extraño que había entre el detective y Hiei siguiera fluyendo para que así él pudiera identificarlo, pero cuando leyó el papel que Yusuke había dejado sobre la barra tuvo que intervenir.

 

-Siento entrometerme, pero... ¿qué significa esto?

 

Hiei también se percató de lo extraño de la situación cuando leyó el papel.

 

-Sí, eso. ¿Qué significa esto?

 

El detective alzó las manos, comediante.

 

-Ey, ey, chicos... ¿a qué viene tanta sorpresa? Sólo es una dirección... y sabemos todos de donde.

 

-Me gustaría saber qué relación tiene Yukina con esa dirección –pidió Kurama con una sonrisa, educado.

 

-Se ha pasado toda la mañana ahí.

 

-¡¿No ha ido a clase?!

 

-Shhh. Hiei, tranquilo.

 

-Jeje. Parece que no. Jeje. –se rió Yusuke.

 

-¿Cómo que jeje, jeje? –le imitó Hiei, despectivo y enfurecido- ¿Eres idiota o qué? ¿Como que se ha pasado toda la mañana ahí?

 

-Eso es imposible –le explicó Kurama.

 

-¿Pero qué es tan raro, chicos?

 

-Sabes que es la dirección de mi piso –dijo Kurama al final, sonriendo un poco para que el otro le entendiera.

 

-Ajá –confirmó Hiei desde detrás, asintiendo con la cabeza, pero luego se detuvo, parpadeó unos instantes como teniendo una revelación y miró a Kurama amenazadoramente- Kurama, ¿tú no...?

 

-Hiei, por dios. No. No pienses eso.

 

Hiei arqueó una ceja, su rostro impasible pero peligroso.

 

-¿Seguro?

 

-Claro que sí. No quiero que pienses eso de mí. –le dijo, y se habría extendido más en sus palabras si no hubiera sido por el detective. Debido a su discreción, a Kurama no le gustaba tratar sus asuntos personales delante de extraños, y Urameshi era un extraño y su amistad con Hiei era un asunto personal, de modo que la fórmula estaba muy clara- Además, he estado toda la mañana aquí con vosotros, Hiei.

 

-Ya.

 

-A ver, Kurama, yo quería preguntar... –empezó al detective, con las manos entrelazadas apoyadas sobre la barra, fingiendo madurez- ¿No vive algún chico contigo y con Botan?

 

-No. Sólo somos Botan y yo.

 

-Ah.

 

Hiei sacudía la cabeza, disperso.

 

-Yukina no se ha saltado las clases para ir a ver a Botan. Eso es que la zorra la ha engatusado para que hiciera eso, seguro, o que tú te estás equivocando, detective de mierda.

 

Yusuke rodó los ojos, hastiado.

 

-Me lo parece a mí –se dirigió a Kurama- ¿o este tío cree que todo el mundo tiene malas intenciones contra su dulce e inocente hermanita?

 

Kurama sonrió abiertamente, casi dejando escapar una risa suave y asintió con la cabeza sintiendo un poco más de simpatía por ese detective que, al fin y al cabo, estaba demostrando no ser tan tonto como parecía.

 

-Iros a la mierda los dos. Lo que digo es cierto.

 

-Hiei, tienes que aceptar que Yukina no lo hace todo bien.

 

-¿Perdona? –su tono era amenazante, y si hubiera sido cualquier otro hubiera zanjado ahí la conversación, pero Kurama siguió con calma.

 

-Que tienes que asumir que Yukina, como todas las personas de este mundo, a veces hará cosas que no serán del todo correctas. La quiero muchísimo y lo sabes, pero no es perfecta. Nadie es perfecto.

 

Hiei puso una mano sobre su cadera y la otra sobre la barra en un gesto de suficiencia, con la boca un poco abierta en indignación y sus ojos entrecerrados, mirándole. Kurama suspiró mentalmente.

 

Yusuke les miraba a los dos con una media sonrisa infantil, divirtiéndose.

 

-¿Estás diciendo que Yukina es mala persona?

 

-Claro que no, Hiei –trató de explicarse- En todo caso, la estoy acusando de hacer cosas completamente humanas que todos, todos, hemos hecho alguna vez. Tú, yo, él –señaló al detective-, Kuwabara... ¿quién no se ha saltado una clase algún día para quedar con un amigo? Por favor Hiei, entiende que no estoy diciendo nada malo de ella, pero la tienes idealizada.

 

Hiei resopló y dejó escapar una media sonrisa incrédula, lanzando los ojos al techo y evitando mirar a Kurama. Pegó un pequeño, pequeñísimo golpe sobre la barra y ni se molestó en contestarle.

 

-Busca algo mejor, inútil, o te despediré –le dijo al detective antes de esconderse en la cocina evitando al máximo tocar o mirar a Kurama en el espacio reducido donde estaban.

 

El pelirrojo sacudió la cabeza.

 

-Tío, qué mal rollo... –soltó el detective, y ahora había una expresión diferente en su cara. Parecía que le sabía mal de verdad.

 

-No te preocupes –le contestó, apático.

 

Kurama no podía decir que se arrepintiera de sus palabras, porque estaría mintiendo. Todo lo que había dicho era cierto y tal vez él no era nadie para decir aquello, pero se sentía con la obligación de decirle a su amigo que su amor por su hermana estaba haciendo que viera la realidad distorsionada.

 

-¿Cómo quieres que no me preocupe? Os habéis enfadado por mi culpa–dijo Yusuke, y Kurama estaba realmente sorprendido y conmovido por aquel repentino cambio.

 

-No es culpa tuya, de verdad. Son cosas... son conflictos que hay entre nosotros y que no tienen nada que ver contigo, tranquilo. No es la primera vez que Hiei se enfada conmigo o con Kuwabara por decirle algo así.

 

-¿Ah no?

 

-No. Por eso te digo que estés tranquilo, se le pasará en un rato y volveremos a estar como si nada.

 

-Vale, vale...

 

Kurama le sonrió, y no quiso preguntar el porqué de aquel interés.

 

-Bueno –dijo al final Yusuke, frunciendo el labio y alzando las cejas- creo que no bromeaba cuando dijo que me despediría, y si me despide él me despide mi jefe, así que... ¡me voy!

 

-De acuerdo. Que vaya bien –Kurama le sonrió.

 

-¡Adiós, Kurama!

 

Y se marchó.

 

Cuando la puerta del bar se cerró con un clinc y Kuwabara se acercó hasta la barra y preguntó, asustado y cauteloso, ¿qué ha pasado?, Kurama no pudo contener el suspiro por más tiempo. Ese aire que siempre retenía cuando Hiei se enfadaba.

 

-Yukina –dijo simplemente, y abrió el lavavajillas y empezó a vaciarlo, dejando muy claro que no iba a hablar más sobre el tema. Algo bastante cruel cuando la mandíbula de Kuwabara estaba por el suelo y sus ojos casi fuera de sus órbitas al haber oído ese nombre.

 

-Ai, ai... –murmuró, nervioso, adentrándose en la cocina.

 

Se oyeron un par de gritos de Hiei y luego... más gritos de Hiei, y más... ah, ahora uno de Kuwabara.

 

Kurama sacudió la cabeza y miró el reloj, esperanzado. Y le encantó ver que esas agujitas simpáticas marcaban la hora en la que él se iba de ahí y Hiei y Kuwabara se quedaban con su mal rollo. No era que le gustara desaparecer cuando había problemas, eso era muy impropio de él porque le gustaba solucionarlos, pero hoy... hoy se iba a permitir ser egoísta, sí señor.

 

Sacó la cabeza por el marcó de la puerta de la cocina para encontrarse a Hiei amenazando a Kuwabara con una cuchara y el otro abriendo los ojos desmesuradamente ante las palabras que oía.

 

-Chicos, -empezó, y los dos le miraron sin cambiar sus expresiones de agresividad- ¿Os acordáis de que os he dicho que hoy saldría antes porque he quedado con Keiko?

 

Hiei no contestó, y Kuwabara simplemente asintió con la cabeza un poco, aturdido.

 

-Sí, sí.

 

-Ya es la hora, chicos. Me marcho. ¿Estáis bien?

 

-Sí, sí, tranquilo tío, acabo con el enano este y todo estará bien.

 

-¿A quien llamas enano, cara de zanahoria rancia?

 

-¡¡Tú niño imbécil!!

 

-Adiooooooosss... –dijo Kurama levantando una mano y marchándose encantado del campo de batalla.

 

Cuando ya estaba en la calle le dio las gracias mentalmente a Keiko por haberle rescatado de aquel día caótico.

 

Se estaba sorprendiendo a si mismo. Lo que había ocurrido aquel día no era nada fuera de lo común, no era nada con lo que no hubiera podido cargar normalmente. ¿Hiei y Kuwabara peleándose? Eso era el pan de cada día. ¿Hiei enfadándose porque alguien le hablaba, simplemente hablaba de Yukina? Sí, claro, algo muuuy raro.

 

El caso era que él estaba raro hoy.

 

Y nada mejor que evadirse un rato con Keiko, con la que le encantaba charlar, para calmarse y reponer las fuerzas. Mañana se disculparía ante sus amigos. Sí. Pero hoy quería olvidarse de Hiei y Kuwabara, y Yusuke y,...

 

Tuvo que detener sus reflexiones cuando se dio cuenta de que definitivamente algo andaba mal en su vida, porque era imposible que aquello tuviera que pasarle precisamente hoy. Mal, algo andaba muy, muy mal.

 

Porque cuando había llegado al sitio donde había quedado con Keiko se había dispuesto a esperarla con paciencia tranquilamente, pero ahora no era Keiko la que se acercaba a él con pasos nerviosos y las manos en los bolsillos, no era ella la que le había dedicado un gesto con la cabeza al verle y reconocerle, y definitivamente no era ella la que se le había plantado delante y había preguntado con calma:

 

-Eres Kurama, ¿no?

 

Eso parecía, de lejos, más que otra cosa en el mundo, un chico desconocido de pies a cabeza.

 

Gracias, Keiko, muchas gracias.

 

 

~tbc~

 

 

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